En cinco minutos tuve que decidir entre estas posibilidades: morirme, quedar inválido, vivir sano o continuar enfermo y medicado de por vida.

Padecí durante un año, una hernia discal que me hundió profundamente en un dolor y una depresión insoportable; uno de los discos de mi columna se salió y aprisionó el nervio ciático, por si no lo saben, éste nervio es uno de los más grandes que tiene el cuerpo. Una de las implicaciones fue que no podía permanecer mucho tiempo sentado, porque de inmediato la pierna derecha me comenzaba a arder; tampoco me podía agachar; de un momento a otro, esta pierna no recibía mis órdenes, aunque no se manejaba sola, a veces parecía inerte.

Aunque es un pleonasmo decir que nuestro sistema de salud aparte de costoso, es un desastre, hay que decirlo; se demoraron un año en detectar qué me estaba ocurriendo, una simple resonancia magnética mostró el estado deplorable en el que me encontraba.

Debo decir que en medio de todo, la cirugía fue lo más fácil; aunque me implicara una de las cuatro posibilidades que comenté al inicio de este escrito, a ello se sumó: depresión, insomnio, fisioterapia, curso de manejo de columna, psiquiatra, electromiografías (agujas con corriente que el médico clava en las partes afectadas), noches en el hospital oyendo los gritos de los futuros muertos, soledad; en medio de esto, el dolor era insoportable, de allí que mientras lloraba en la camilla de mi habitación, oprimía el timbre llamando a la enfermera para que me drogara. Conocí la Morfina y a la que el médico me dijo que era primo de ella, Tramadol; no obstante, con ninguna el dolor se calmaba.

Recuerdo muy bien lo que hacía en las noches: leía Rayuela y escuchaba Fito Páez; acababa de llegar de Argentina en un viaje que mi mamá me había regalado porque yo me estaba muriendo y uno de mis sueños era visitar el país de Spinetta.

La historia es mucho más larga y ustedes se estarán preguntando ¿por qué todo éste rodeo? Sucede que sin esta experiencia no habría podido llegar a uno de los fundamentos de mi vida: la decisión.


En cinco minutos tuve que decidir todo el rumbo de mi vida; yo tenía veinticinco años y todo lo que había soñado se me estaba desvaneciendo. En medio de mi dolor físico sabía que aún no estaba listo para morir, pero que si quería vivir tenía que jugarme la vida misma. Antes de tomar la decisión, le pregunté a mi médico qué probabilidades tenía y cuántas veces había operado ese mismo problema; él me respondió: “lo he hecho unas doscientas veces, pero eso es como subirse a un avión, el piloto conoce todas sus herramientas pero no sabe con qué se va a encontrar en el camino; vuelvo en cinco minutos”. 

En ese momento me vino a la mente todos los proyectos, ideas y sueños que había pospuesto; recordé las reflexiones que hace Tolstoi en “La muerte de Iván Ilich”, los seres humanos nos pasamos la vida creyendo ser inmortales, que los que se mueren son los otros, que los que se enferman son ajenos a uno, que mañana puedo hacer esto o aquello; mi vida, como ese momento, la había convertido en una sala de espera. 

Después de salir del quirófano comprendí que los tormentos se terminaban cuando uno por su propia voluntad decidía lo que quería ser y hacer; que esperar para hacer algo era el primer paso a la frustración, que no debía escatimar mis sueños porque estos no eran impulsos, sino que hacían parte de un razonamiento y de un trabajo personal. Mi epifanía continuó: vislumbré que el miedo a tomar decisiones radicaba en que cuando uno lo hace se expone frente a otro u otros, esto es, deja en evidencia una postura personal frente a todo lo que nos rodea y ese miedo es lo que nos hace aplazar todo; tememos por ser rechazados o burlados, pero todas esas recriminaciones son nada, si uno ha escogido ser feliz ¿Qué importa asumir las razones por las cuales uno está vivo? Aunque vivamos rodeados de personas, nadie vive por uno, en consecuencia, decidirnos por nuestra vida, es el mayor compromiso, tal vez por eso estamos acá y en últimas, es lo que nos diferencia de los demás animales.

Por último, todo esto pareciera una frivolidad; si así lo fuera no lo escribiría. Yo pude reconocer esto porque casi me muero, de lo contrario seguiría creyendo que soy inmortal.

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