Hacía su trabajo como de costumbre cavaba un hueco.

Las personas y las flores se juntaban para hacer el ritual de la ausencia física; para convocar la presencia espiritual por medio del recuerdo.

Él ya no lloraba a ningún familiar. El trabajo le permitía estar cerca de sus seres queridos y robar algunas veces los gladiolos de otras tumbas. Mientras se limpiaba el sudor de la frente se percató de la presencia de un anciano; estaba enfrente a una tumba llorando como un niño; dejó de mirarlo y continuó cavando.

Para todas las personas que iban allí, el frío y el panorama les producían miedo. El sepulturero, tras un tiempo de trabajar en ese lugar, ya no sentía nada. A veces no sentía hambre y podía pasar todo el día cavando sin darse cuenta del paso del tiempo; su eterno presente finalizaba cuando el cuerpo le pedía una necesidad biológica. El sentido de la vida y de la muerte le era tan igual que no iba al baño, si no que donde estaba cavando, para un futuro cadáver, hacía sus necesidades.

El anciano de un momento a otro se derrumbó. Nadie estaba cerca para ayudarlo; el sepulturero lo vio y siguió cavando.

Antes de cerrar las puertas y de que de los pocos visitantes se fueran, el sepulturero se acercó al anciano para mirar qué le había ocurrido: con una de sus botas movió el cuerpo, le hizo algunos sonidos con la boca, al no encontrar respuesta decidió levantarlo y enterrarlo en uno de los huecos que había cavado durante el día.

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