El último vuelo del Flamenco

La novela de Mia Couto (Mozambique 1955) es uno de esos encuentros extraños que a veces nos suceden a los lectores. A pesar de ser un escritor africano, me refiero a la distancia geográfica que nos separa, la historia que narra está muy cerca de Colombia.

La novela nos cuenta un momento bélico por el que está atravesando Tizangara y la ayuda que envía la ONU para solucionar un misterio: los soldados extranjeros desaparecen de un momento a otro de un estallido, como si fueran globos. Por otra parte, algunos lugares del pueblo están minados y en señal de sumisión, los nativos deben agachar la cabeza ante los extranjeros porque son “superiores”.

En dicho contexto se recrean todas las implicaciones de la guerra: la mutilación de cuerpos, (la novela inicia con un pene cortado) el miedo, el resentimiento, temor a amar porque la muerte es una amenaza constante; el pasado se convierte en una carga emocional e histórica que no da tregua en el presente, en ese sentido, la culpa rodea a todos los personajes porque inconsciente o indiferentemente, contribuyeron a su presente y a la brumosa luz del porvenir; la guerra también evidencia una escenografía propia instaurada por el conflicto, es decir, la miseria, la suciedad, la prostitución, la precariedad; por ejemplo en Tizangara sólo hay energía eléctrica una hora al día, el agua la trae un niño en un balde.

Couto se encarga de crear una atmósfera que no necesita mostrar los muertos que deja la guerra, como una propaganda amarillista o contando morbosamente las torturas; no es necesario ver la sangre donde la degradación humana es lo primordial ya que los muertos se entierran, se olvidan o se desaparecen; al autor le interesa mucho más lo que se incrusta en los seres humanos, lo que abre heridas con las que tienen que luchar a diario para poder sobrevivir.

En otra línea, la religión es otro de los grandes protagonistas de la historia; se comienzan los cuestionamientos en contra de Dios, cuando éste permite que los seres humanos sufran sin descanso, cuando permite que la injusticia sea una de las normas sociales; Muhando, el sacerdote loco, encarna uno de los personajes más desesperanzadores de la novela; sus creencias se ven abatidas por el conflicto armado, sus poderes son una caricatura frente a la magnitud del problema y ante el silencio de Dios. Por ello, sus bendiciones son propias y no se hacen en nombre de la divinidad porque Tizangara está por fuera de las bendiciones celestiales.

Otro de los impactos que genera la guerra es su invasión en el sueño, es decir, cuando los personajes de esta novela duermen no pueden descansar, de inmediato las imágenes de la guerra son retomadas por el inconsciente y las recrea en una manifestación de eternidad, es decir, el conflicto nunca se detiene y continua más allá de la vigilia; así las cosas, dormir no es garantía de descanso y el sueño es la posibilidad de experimentar una vivencia mucho más cercana o infernal del conflicto.

Las preguntas que genera el libro son muchas ¿Cómo llegamos los seres humanos a una vida en la que no comprendemos lo que nos sucede como especie? ¿Por qué nos estamos acostumbrando a vivir resignados al sufrimiento o la indignación? ¿Por qué la vida no se respeta como algo sagrado? ¿Por qué asumimos que el progreso es la extinción de nuestros antepasados? ¿Por qué los hechos no son la prueba suficiente de que las cosas están mal y que debemos cambiar lo antes posible? Reitero lo que dije al comienzo: a pesar de ser un escritor africano, la historia que narra está muy cerca de Colombia.

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