Todo aquello que escapa del orden establecido está sujeto a la exclusión. Comenzando desde el lenguaje, lo que no podemos dominar con un nombre, es decir, que desconocemos, que no sabemos a qué categoría pertenece, lo denominamos monstruo. Con ello, lo estamos sacando de nuestro medio, esto es, lo que no pertenece a nosotros, lo que se sale de nuestro conocimiento.

Del lenguaje pasamos a las culturas, a las costumbres, a los gustos personales, a las creencias. Debo aclarar que, algo que no nos gusta no tenemos por qué aguantarlo, siempre está la opción de retirarse, de alejarse de aquello que nos incomoda. No obstante, la exclusión no es un problema de simple rechazo o de condena al ostracismo. El matiz que ha tenido en nuestro país es de aniquilación: lo diferente debe desaparecer porque amenaza nuestro orden, nuestra vida “armoniosa”.

No es de ahora, ha sido siempre. Para no ir muy lejos todo el siglo XX colombiano está atravesado por la violencia y por una reiterada política de negar la diferencia. Cuando me refiero a política no sólo es en cuanto a la postura del estado sino la de la sociedad en general. El ejemplo más conocido es el de la guerra bipartidista, en la que apelando a unas creencias se propuso exterminar sistemáticamente a los contradictores. No crean que sólo ocurre en política; hace muchos años se trasladó contra: indígenas, sindicalistas, la comunidad LGTB, periodistas, seguidores del fútbol y un largo etcétera.

Para seguir con este hilo, no es un ejemplo que podemos ver únicamente en nuestro contexto, Foucault en el libro “Historia de la locura en la época clásica” mostró cómo todos aquellos “herejes” que caminaban por las calles de París, fueron hacinados en los manicomios como la escoria social: locos, homosexuales, ateos, asesinos, escritores, fueron excluidos porque atentaban contra el orden. Nunca se pensó en tratar a un enfermo mental de distinta manera a la de un asesino o un escritor. Estaban condenados de igual manera porque simplemente eran desadaptados. No está de más decir, que las condiciones en las que vivían eran deplorables, compartían el espacio con animales, como ratas e insectos, y cuartos infestados por la humedad. El exterminio de estas personas, era menos directo.

Los discursos que excluyen siempre lo hacen en nombre de una bandera, de una verdad absoluta: la religión, la economía, la raza, el género; para cada negación hay un argumento, un machetazo y/o una bala.

II

Casualmente, me encontré con un libro de un africano, Chinua Achebe (1930 – 2013) titulado “todo se desmorona”. La semana pasada mientras reflexionaba sobre las persecuciones que sufren a diario los homosexuales y su constante exclusión social (así los medios y muchos políticos a través de eufemismos digan lo contrario) me sumergí en la lectura. Este escritor, como Mia Couto, me contaba algo que parecía que fuera tomado de mi contexto. Una cultura africana que vivía según unas costumbres, unas creencias, unos ritos, era arrasada por el discurso del catolicismo. Los ingleses comienzan a colonizarlos a través del lenguaje, es decir, a persuadirlos que sus creencias son de barro, son falsas, en esa medida, viven en pecado porque no reconocen al Dios verdadero, esto es, en el que los blancos creen.

Para nadie es un misterio que la iglesia encontró en el temor, en el miedo, el arma más eficaz para tener sus seguidores. Dicho de otra manera, de la exclusión o negación de las creencias africanas, se pasó a la intimidación; aquellos que quisieron ser fieles a sus propias creencias fueron perseguidos y luego asesinados.

Tanto la literatura como la historia y nuestro presente, nos dicen lo mismo. Primero comienzan hablando y condenando monstruos, luego los persiguen y los matan. Pareciera que vivimos metidos en esa novela de Achebe.

10 Comment on “Sobre la exclusión

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