La novela que se desligó del entretenimiento

Foto vía google

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En Europa, en la década de 1920 – 1930 surgieron algunas novelas que van a cambiar la concepción que se tenía de éste género en cuanto a su escritura y a su lectura. Hablo de novelas como: El hombre sin atributos de Musil, El lobo estepario de Hesse, El proceso de Kafka, La señora Dalloway de Wolf, El amante de lady Chatterley de Lawrence, La montaña mágica de Mann, Ulises de Joyce, y parte de En busca del tiempo perdido de Proust.

¿Qué ocurre con estas obras en particular? La crisis por la que pasa el mundo occidental debido a la primera guerra mundial y la evidente ruptura con los postulados de la modernidad  terminan convergiendo en el arte, para el caso concreto, la novela.

A grandes rasgos, la modernidad creía en la razón como el instrumento que servía para aprehender la totalidad del mundo, por eso concebían la ciencia y la lógica como la manera en que debían sistematizarlo y por ende dominarlo. La ley de causa – efecto era la manera de mostrar la coherencia de los actos, Hume llamó a esto la costumbre, es decir, lo que se acepta comúnmente, se práctica y no se cuestiona, esa era la manera como se comprendía al mundo y a los hombres. Este proyecto de la modernidad, acogía la idea de progreso en el sentido de que a través del tiempo, la humanidad llegaría a un estado ideal, perfecto.

No obstante, en Hume ya se veían algunos rasgos de la problemática que tendría la modernidad posteriormente, me refiero específicamente en su libro “Investigación sobre el entendimiento humano” donde surgen las preguntas: ¿Cómo es posible la objetividad si la percepción es diversa? ¿Cómo nos entendemos? Hume sale del problema diciendo que la costumbre es el puente para que los hombres se puedan entender. Sin embargo esto lo lleva a ser consiente de la debilidad en la que se encuentra la razón para comprender los fenómenos más allá de la costumbre.

Se podría dar un ejemplo literario, Melville publica en 1856 el libro “Bartleby” donde ni la razón, ni la historia, hacen posible comprender la manera de actuar de este personaje frente al mundo, allí no hay nada común, nada de lo que se considera normal, no es posible acudir a la costumbre que es la que nos define los arquetipos del comportamiento, en los cuales se mueven los seres humanos; Bartleby es un personaje hermético que no se puede comprender por un ejercicio racional, su complejidad lo hace inaprehesible, es decir, se escapa a otra dimensión inaccesible para la razón.

Cuando digo que la novela se desligó del entretenimiento, aludo a que el discurso que plantea es el de una reflexión permanente del mundo, de la realidad, de la historia, de la religión, de todo aquello en lo cual se ha fundado la manera en que los seres humanos vivimos, como de toda su complejidad interior.

Pienso que este tipo de ideas no entretienen, ya que no es la típica historia donde el mundo es estable y en la que hay un personaje central, que es a quien le ocurre todo y el lector está mirando como se resuelven sus “problemas”. Aclaro que no invito a los lectores que busquen sufrir, sino que busquen un espacio para reflexionar, que conciban la literatura (la novela) como algo que abre muchas posibilidades en cuanto a sensaciones, sentimientos e ideas.

Las novelas de Musil, Mann, Hesse, Kafka, desde su misma forma no se proponen ser aceptadas, no hay linealidad, los personajes aparecen y desaparecen, a veces hay digresiones, ensayos filosóficos. Recuerdo lo que dijo Kundera: “alcanzar la complejidad de la existencia en el mundo moderno exige, me parece, una técnica de elipsis, de condensación. De otra manera se puede caer en la trampa de lo interminable. El hombre sin atributos es una de las dos o tres novelas que más me gustan. Pero no me pida que admire su enorme extensión inacabada. Imagínese un castillo tan enorme que no se lo pueda abarcar con la mirada. Imagínese un cuarteto que dure nueve horas. Hay límites antropológicos que no conviene sobrepasar, los límites de la memoria, por ejemplo. Al finalizar la lectura, hay que estar todavía en condiciones de recordar el principio. De otro modo la novela resulta informe, su “claridad arquitectónica” se ensombrece”[1].

La literatura que se plantea allí no evade la realidad, sino que lleva sus problemas hasta el límite, donde posiblemente el lector resulte agredido por su contenido o su extensión; la historia, la religión, el amor, el yo, la sociedad, las relaciones humanas, el poder, la filosofía, la literatura, la música, la psicología, entre otros, se cuestionan, se disuelven en contradicciones, en aporías, que al concebir el mundo carente de una verdad absoluta, muestra las ruinas o la fragilidad en la que vivimos, en la que inclusive no se toma el cliché de “Todo tiempo pasado fue mejor” sino que queda el interrogante ¿Cómo hemos podido vivir así tanto tiempo?.


[1] Kundera, Milan, El arte de la novela. Barcelona: Tusquets editores. 1987, Pgs. 83-84.

2 Respuestas a “La novela que se desligó del entretenimiento

    • Hola.

      Te agradezco mucho tu comentario, si quieres que escriba o conversemos sobre algún tema, me gustaría saberlo. Tu participación me motiva para seguir en este camino.

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