En días pasados tuve una discusión con una amiga sobre la diferencia entre vivir con alguien y contraer matrimonio. Ella vive con su novio, tiene una relación hace siete años.

Según ella no hay diferencia: pasado un tiempo de convivencia, legalmente implica lo mismo. Su conclusión siempre fue una pregunta ¿para qué casarse entonces?

Creo que la necesidad de justificar su posición la llevó a concebir únicamente la apelación a la ley, es decir, beneficios, problemas, etc. Más allá de lo jurídico parece que el amor no existe en su concepción del mundo. ¿Cómo reducir un sentimiento a un hecho meramente práctico?

A medida que me exponía sus ideas descubrí que la confusión radicaba en que su practicidad no permitía ver el otro lado, tal vez el más importante: el simbólico. No me propuse convencerla de nada porque al plantearme lo jurídico por encima del sentimiento, es decir, como lo más importante, no quise embarcarme en una discusión sin sentido.

Retomando, lo simbólico es lo que marca y determina la gran diferencia entre vivir con alguien y casarse. Entiéndase lo simbólico como un acto significativo que marca un hito dentro de una relación amorosa, esto se evidencia en un matrimonio civil, católico, en un ritual indígena o en una ceremonia privada entre la pareja. En realidad no defiendo ninguna de las maneras en las que se hace el acto; me interesa resaltar las múltiples formas en las que puede relucir lo simbólico.

Dicho acto implica someter el lenguaje a su máxima expresión, es decir, a fijar lo que se dice a través del tiempo y el espacio; además de ello participan las personas que más amamos y ante ellos juramos y hacemos nuestros compromisos; presentamos ante sus ojos la persona que queremos que haga parte de nuestra familia; como en un rito antiguo, mezclamos la sangre y con ello estamos sellando un pacto: le estamos diciendo un SI rotundo a una persona.

Legalmente puede ser lo mismo vivir con alguien y casarse. Pero cuando hablamos de las implicaciones simbólicas, mi amiga está desorientada.

En verdad no me interesa si la gente se casa o no, el problema surge cuando las personas inventan sus propias justificaciones en detrimento de otras opciones.

Luego de tomarnos dos botellas de vino, a las cuatro de la mañana, le pregunté si le pedía un taxi. Se exaltó un poco, me dijo que no, un amigo la iba a recoger.

Me sentí como un idiota, el tema había sido la justificación previa para serle infiel a su novio.

6 Comment on “El amor: ¿un tema simbólico o jurídico?

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