Escribir es uno de los ejercicios más complejos a los que nos enfrentamos los seres humanos; en él se mezclan las emociones, la razón, las ideas, la gramática, la ortografía, la sintaxis, la semántica, la lista podría continuar.

En el colegio, al menos en mi caso, no fue algo que se promoviera o cultivara; pocas veces tuve que escribir algo para alguna clase: un cuento o un pequeño ensayo. No estábamos en la era digital, lo que sucedía era que copiábamos resúmenes, biografías, hacíamos mapas, o simplemente anotábamos fórmulas matemáticas. Dicho de otra manera, la escritura no fue parte de la formación que nos ofrecieron. De hecho la experiencia que tuve posteriormente como docente de colegio, me demostró que los tiempos no han cambiado.

En la universidad todo cambió; el ejercicio de escribir era constante, los trabajos que entregábamos eran calificados y por escribir mal las ideas, se podía reprobar el curso. El choque fue inmediato porque salir del colegio sin ninguna base y que de eso dependieran las calificaciones, no fue una grata sorpresa.

Por cuestiones académicas y personales, comencé a escribir un diario; lo bauticé de esta manera porque me lo propuse como un ejercicio dentro de mi cotidianidad, en esa medida, lo plasmado allí era de diversa índole: poesía, ensayo, canciones, ideas sueltas, amores frustrados, mujeres que me gustaban, diatribas, cursilería, temas que a pesar de ser tan diferentes, me ayudaban a cumplir con mi objetivo: aprender a escribir.

Fernando Vallejo dice que a uno nadie le enseña a escribir, eso se aprende sólo. Prueba de ello es que escribió su propia gramática literaria, titulada “Logoi”. Mi proyecto era menos ambicioso, escribir un diario que con el tiempo se convirtió en seis tomos.

El ejercicio constante me reveló algo muy interesante: hablar nos expone constantemente a la improvisación, es decir, en una conversación o en un debate, nuestras palabras son espontáneas y el nivel de reflexión es instantáneo, inmediato. Con ello comprendí que la escritura era otra forma de comunicar, puesto que no estaba expuesta a la improvisación, ni a la espontaneidad; por el contrario tenía un espacio de soledad, de reflexión, de tiempo, que lo distanciaba considerablemente del ejercicio de hablar.

Así las cosas, escribir permite aclarar las ideas porque el tiempo de reflexión es mucho más amplio, por ende, posibilita que nuestras ideas se vayan consolidando, comiencen a introducirse dentro de nuestro discurso cotidiano y ello fortalece nuestra conversación; de alguna manera, la escritura se convierte en la herramienta que tenemos para mejorar nuestro léxico y nuestra manera de expresarnos.

Por último, tal vez una de los obstáculos que encontramos a la hora de escribir es querer llenar de inmediato la página en blanco y además que sea de buena calidad, que nos guste el resultado. Pocas veces sucede algo así. Para ilustrar un poco el ejercicio, pensemos en la pesca.

La profundidad del río representa las ideas que queremos expresar, es decir, allí está todo en continuo movimiento; vamos buscando en ese cauce algo con lo cual vamos a quedar satisfechos; como en la pesca lanzamos varias veces la vara o la red, en la escritura vamos lanzando las palabras hasta encontrar la idea o el pez gordo. La analogía no es tan descabellada, ambos ejercicios requieren silencio, paciencia, reflexión.

 

 

 

 

8 Comment on “Elogio de la escritura

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