Catarsis para mi abuela

Conocí a Camilo una noche muy especial, la recuerdo porque en esa fecha comencé mi noviazgo con quien sería después mi esposa; la primera impresión que tuve fue la de un tipo malacaroso, al que creí que no le agradé; como nunca lo había visto, ni sabía quién era, pensé de entrada que estaba enamorado de mi novia o que era uno de los “amigos” que quería protegerla del “lobo feroz”.

Ideas ridículas que uno tiene frente a la mirada de los otros; luego me enteré que su malacara era porque no veía bien.

Pasó esa noche y muchas más, que se fueron convirtiendo en una amistad profunda, la que va más allá de la borrachera y la euforia, es decir, la que se construye a partir de lo que se es, de las preocupaciones, de los sueños… pocas veces hemos tenido desacuerdos, tal vez uno (máximo) eso es raro pero interesante. Pienso que esto se debe a que tenemos una idea en común, que nos atraviesa y hace que vayamos más allá de las diferencias: el amor.

Tanto él como yo, somos conscientes que el amor es posible porque la mujer existe, dicho de otra manera, es algo que ontológicamente le pertenece a ella y generosamente lo comparte con nosotros. No en vano venimos de una mujer.

El texto que escribe Camilo Arango, me recuerda que debo a las mujeres mi intento por reconciliarme, reivindicarme, ceder, replantear mis categorías en mi relación con el mundo.

Catarsis para mi abuela

Cuando por lo menos debieron pasar 17 años, no encuentro una arepa de maíz que sacie eso, eso que sigue adentro… Eso que despertó en las papilas gustativas cuando vi el tamaño de la que sería la comida de mi abuela un domingo anochecido, con compañía de queso en tajadas generosas y chocolate caliente.

La masa en forma de disco rompía con lo que era para mí el paradigma del tamaño en una arepa. Jamás se vendería en una tienda algo así. No habría bolsas transparentes en que pudieran mantenerse empacadas firmemente, sin doblegar la columna de maíz molido.

La estufa, en ese entonces eléctrica, me resulta irremplazable. Quienes abogan por el gas domiciliario y se precien de cocineros, carecen de imaginación para formular un efecto dorador parecido. Nada como esa resistencia en espiral que ardía roja, que soplaba entre los dientes con ansiedad de tocar la masa de pálida gramínea, de la cual estaba separada por una celda que osaban sobreponerle, como teniendo que llevar a cuestas su tentación más grande y no poder ni tocarla.

Esa operación culinaria de sencillez singular no duraba más de 40 segundos. Estaba rodeada de un ritual de anhelo gastronómico, precedido por nosotros, apostados en semicírculo, haciéndole media luna a un objeto tan preciado como nunca lo fue videojuego alguno.

Entre las que quedaron en nuestros platos no estaba la arepa que no olvido aún. Es decir, ¡apenas en ese momento supe que hubo otras arepas en la escena! – “¡Jum! ¿Usted se va a comer eso tan grande?”, increpé a mi abuela, buscando en ella un acto de compasión que la llevara a compartirme siquiera la mitad de la tortilla que no supo de proporciones ni de porciones.

Ella anticipó a su respuesta un mordisco que retumbaba crocante, que le estiró del todo las comisuras de la boca. Pasé saliva por una eternidad. Y luego resolvió: “es que yo soy grande”. Bebió un sorbo de chocolate y continuó su depredación.

Hoy debo admitir que, si algún día me veo en la necesidad de acudir a un psicólogo, será a razón de esa frustración, que no es minúscula, que no es banal, que es más grande que la que puede producir el descubrir en sí mismo algún síndrome freudiano, de esos que hacen atractivas para los depresivos las cuchillas, de esas de afeitar.

No es fatalismo. Escribo con seriedad. En ese momento mi abuela decidió para mí la aniquilación de lo que pudo ser un recuerdo bello, una impronta en la memoria de la lengua. Pero remitámonos al olfato. Dicen que es el más viejo y sabio de los sentidos. La vista puede ser tendenciosa. El gusto, traicionero. El tacto, insensible. La escucha, viciada. ¡Pero el olfato! Ése se acuerda de todo.

Uno de mis tíos afirma recordar el olor exacto del desayuno [una arepa doblada por la mitad, con huevo revuelto en sus entrañas, vestida de aluminio y, por tanto, entre tibia y húmeda] descascarándose a la hora del recreo, en la escuela.

Paso saliva otra vez. Cómo me hubiera deleitado yo con cada segundo de esa arepa gigante, que llegó al mundo en manos de mi abuela para ser efímera en vida y duradera en la remembranza. Habría comenzado por olerla con empirismo de sabueso, buscaría los bordes quemados, equilibraría luego con las zonas más blancas, realmente amarillentas por el cobijo de la mantequilla con sal. Y al final vadearía, como si anduviera en burro junto a un precipicio, las zonas que podríamos denominar “tropicales”: ni muy blancas ni muy negritas, más bien un semitostadito color Canelita Hollywood.

Luego habría de lamerme los dedos enmantequillados, tomaría el chocolate y me despediría de mi abuela con gratitud de perro callejero… ¡Porque cosa más fiel y agradecida no existe!

Pero nada de eso pasó porque “es que yo soy grande”, dijiste, abuela. Esa noche dormí bien, pero heme aquí sentado a las 3 de la mañana, como 17 años después, escribiendo esta historia.

Te regalo esta catarsis, abue. Cuando regrese a Medellín recordarás estas palabras y me recibirás con una arepa desmedida como la que me negaste con argumento inescrutable aquella vez.

Y entonces ahí te voy a querer muchísimo más, si es que eso es posible sin que, hinchado de amor, el corazón se me crezca con vocación de rompecostillas.

 “Postfacio”: días después de que esta carta le fuera entregada, mi abuela selló mi taburetazo con una arepa que superó en tamaño al recuerdo.

Si quieren leer más a Camilo les recomiendo su Blog.

 

 

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