Decapitadoras del aliento

Conocí a Felipe hace años. Exactamente en un teléfono público en Manizales, por la avenida paralela. Pasaba por el lado, me estiró el teléfono y me dijo: “llamadas solo emergencias… ¿para estos hijueputas qué es una llamada de emergencia? Mi novia me está esperando en la casa para ir a una cita médica y no alcanzo a llegar porque me acaban de robar. Ahora el teléfono es inteligente y determina qué es una emergencia…no me crea tan…”. Me pareció que tenía razón; lo invité para que “retacáramos” el pasaje del bus, yo tenía mil pesos y coincidencialmente íbamos a destinos similares.

Tiempo después me lo volví a encontrar en Bogotá, esta vez adelantaba una manifestación en contra del transporte público, gritaba por un megáfono: “¡no más mierda! Si nos toca ir de pie y apretados, debemos pagar la mitad del pasaje…¡no más mierda!” Me hice cerca, donde me pudiera ver; nos saludamos como sí no hubieran pasado los años, no sentamos en una cafetería de la 19 y me esbozó someramente su teoría sobre la mujer vikinga, aludiendo a una noche, en Argentina, en la que su novia lo amenazó con un cuchillo y entre el forcejeo por defenderse logró cortarle una mano.

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Decapitadoras del aliento

Siempre me gustó Nadie.
A Nadie lo he entrevisto en ciertas mujeres: en algún rescoldo de la mirada, en el entrecejo fruncido, en el manoteo mientras paran un autobús, en la mordedura del labio inferior de la boca después de beber un poco de café o en la relación que suelen ocultar, porque se revela su humildad, con sus padres.

En esa ausencia derramada en un gesto, empiezo a escarbar y, a medida que pasan los días, ella – esa ella que en un momento aguardé porque contuviera a Nadie- termina adquiriendo particularidades y entonces comienza el encierro, la clausura de ventanas y las decapitaciones de cada uno de los alientos que se tienen para vivir. La encuentro particular, mortal y adherida a todas las cosas que repudio, como si yo fuera un monje tibio que aún no ha tenido los suficientes arrestos para darle la espalda a todo eso que denomino como mundano.

Cuanto más se consolida la definición de ciertos rasgos que la alejan de Nadie, hilvanando un nombre y un apellido y unos días concretos, una fecha de nacimiento y una virtual de muerte, se erige una prisión a partir de los reproches necesarios para una separación que se retarda como el fallecimiento de los leucémicos internados en los cuartos de cuidados paliativos de cualquier hospital.

Después del divorcio vuelvo a esa taxonomía que comencé con mi primer rompimiento. Está hecha de las palabras y los gestos que median en cada separación. El criterio de las clasificaciones varía con cada nueva ex pareja: se renueva la inestabilidad de ese mapa inicial y se refuerza la certidumbre de jamás haber estado con Nadie hasta asimilarme como un sentenciado a convivir con alguien, un alguien que transige la categoría de mujer o hembra que me inculcaron desde mi asilamiento en el compartimento de los machos.

La superpoblación humana y la particularidad de cada individuo que hace peligrar la idea de una especie uniforme, me conduce al filo de un abismo al que me precipito cuando busco a Nadie y me choco con alguien: un encuentro con alguien que divisa y habita otro planeta pese a que presumamos pisar la misma tierra en el mismo espacio y el mismo tiempo.
Se me pidió que escribiera sobre las mujeres, más exactamente sobre las vikingas, es decir, aquellas que te persiguen con un cuchillo en la noche cuando le dices que la vida juntos es más mediocre que cuando están solos, la misma que precisa de alguien con alas de pollo asado para hacerle saber que hay más altos vuelos que los de los ángeles. No puedo hablar de Nadie porque todo lo que conozco tiene nombres propios y días y apellidos. Y yo hubiese preferido hablar de Nadie.

Cometí dos errores: presumir que existen las mujeres (por tanto, las vikingas y las rusas y las palomas y las gallinas cluecas) y creer que hay un solo Nadie como una sola muerte y una sola vida que nos equipara y atraviesa a todos. Puede que cada muerte sea tan particular como la vida y sólo nos topamos como esos viajeros dimensionales que solo dejan resquicios de su presencia: como las cabras que desangra el Chupacabras.
Las uniones y divorcios son parte de las sobras del nacimiento del universo que se tragó a sí mismo apenas nació. Quedó algo: un rastro traducido en millares de galaxias y planetas y palabras que nacieron para poder decir que estamos solos pese a que hay una condena a estar con alguien, para llamar a las cosas como cosas y a quitarle al silencio su naturaleza silenciosa al denominarlo silencio y a Nadie despojarlo de su característica de ser Nadie al nombrarlo como Nadie. Somos los rastros como las cabras muertas que desangra el Chupacabras.

Parte del trabajo de Felipe lo pueden encontrar en el blog Milinviernos

Una respuesta a “Decapitadoras del aliento

  1. Reblogueó esto en y comentado:
    EL blog de Daniel Zapata publica un artículo de Andrés Felipe Escovar sobre la taxonomía del objeto del amor, que al tratar de acoger a nadie termina tropezando con alguien que te va a destrozar y acuchillar ante el mínimo gesto de escape, así sea, el tierno asomarse a una ventana para tratar de otear un infinito ya clausurado para siempre.

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