La habitación de Lorena Lamouroux

Mauro es un cuentero que se hizo famoso por su conocida historia “picú tifú”, en todos los recitales a los que es invitado, el público espera ansiosamente la historia de la vaca diciendo “mmmrelax” o el blues que da nombre a su presentación. El día que conocí a Mauro ha sido inolvidable, verán: una noche él estaba en pleno centro de Bogotá en una calle peatonal, acorralado frente a una pared, pedía a gritos ayuda. Me percaté que en el suelo había una culebra que lo amedrentaba; Mauro se aferraba al concreto buscando una salida, se subió en una ventana y continuaba gritando; farfullaba que las culebras le daban pánico y que sufría del corazón; yo no entendía por qué nadie le ayudaba, así que tomé mi paraguas y me lancé a su rescate. Mauro del desespero estaba a punto de caer al piso y ser devorado por la serpiente. Comencé a golpear la culebra con intensidad… no pasaba nada, no se movía; en uno de mis movimientos golpeé a Mauro y cayó en mis brazos; di la vuelta para dejarlo sobre el andén y me encontré con el aplauso de la gente.

Mauro hizo una venia, y con las manos entrelazadas me agradecía y se disculpaba: estaba haciendo un performance para conquistar a su futura novia: Susana Moncada. La culebra era un pedazo de plástico.

Mauro por susana

Ilustración por Susana Moncada @suxiyaco

LA HABITACIÓN DE LORENA LAMOUROUX

Por Mauricio Patiño

Lorena Lamouroux trabajaba en el área de nuevos desarrollos de una prestigiosa perfumería que había iniciado como una pequeña boutique y que para entonces contaba con almacenes en las capitales de decenas de países de América y Europa. Su trabajo era en apariencia sencillo y rutinario: oler uno a uno los experimentos que salían del laboratorio aspirando a ser la próxima fragancia que marcara la tendencia en el cambiante mundo de la moda, elegir uno de ellos y dejarlo en manos del área de mercadeo y ventas. Su talento principal era el de adivinar los ingredientes exactos que conformaban cada perfume; por esto sus compañeros de trabajo la llamaban a veces “la nueva Grenouille”, con un dejo de burla y a la vez de admiración.

El oficio lo había aprendido directamente del fundador, Monsieur Croze, un viejo parisino que había llegado al país a mediados de la década de los 70’s y que seguido por los aromas de su ciudad había decidido inundar el aire con recuerdos de su país. Con los años Monsieur Croze le había permitido a Lorena reunir las claves para detectar un aroma que fuera atractivo para el mercado y que a la vez contuviera en él la esencia de la perfumería. Más de diez años de hallazgos y derrotas la habían entrenado para identificar un éxito en ventas con tan solo destapar el pequeño frasco; este talento lo reconocía el señor Croze:

–¡Oh, Lorena, tu es belle et talentueuse!

De tanto oír estas palabras, Lorena se había convencido de que por sus venas todavía corrían los aires galos que tres generaciones atrás el abuelo de su padre, Alphonse Lamoroux, había traído al continente. Lo sabía, pero aún no encontraba la manera de dejar salir todos esos aromas que por años había inhalado y que luego de llegar a sus pulmones y antes de ser devueltos al exterior, se unían a su torrente sanguíneo para pasar a ser parte de ella. Su cuerpo era como un ánfora que contenía el perfume perfecto.

Cada tarde, de camino a su apartamento, Lorena soñaba con dejar salir aquella esencia y poder abrir por fin su propia perfumería. Caminaba oliendo las lociones de las personas que se topaba, disfrutando el olor dulzón que despedían los cafés; se deslumbraba con los vivos e inigualables olores que despedían las flores frescas y evitaba los vapores de las alcantarillas para no contaminar su interior.

Una tarde, mientras revisaba la correspondencia en la mesa de trabajo que tenía en su habitación, se fijó en cómo al sumergir la bolsita de té de frutas en el agua caliente de su pocillo se desprendía de ésta el sabor como una corriente interna que se mezclaba con el agua dejándola toda de un fuerte color rojizo, y notó además que su olor –otrora deshidratado y empacado– se liberaba a través del humo hasta llegar a su nariz.

Los dedos de Lorena eran finos y cortos, tenía las uñas bien cuidadas y pintadas de color verde azul. Los dedos meñique, anular y medio se plegaban para dejar que el pulgar y el índice sostuvieran el hilo del que pendía la bolsita de té. Arriba y abajo, adentro y fuera del agua, una y otra vez. Lorena observó en repetidas ocasiones cómo la bolsita de té dejaba su esencia en el agua caliente, convirtiendo aquel líquido simple en una infusión agridulce llena de color, sabor y olor.

No lo pensó dos veces, lo primero que se quitó fueron los zapatos, luego se deshizo de la blusa y el brasier, la falda y los panties, y mientras caminaba hasta el baño terminó de quitarse las medias para quedar totalmente desnuda. Se acercó a la bañera y con la ansiedad de un alquimista que prepara una nueva pócima abrió la llave del agua caliente hasta llenar la bañera. Levantó su pie derecho y sumergió los dedos uno a uno: primero el dedo de la alegría, luego el del deseo, el de la actividad, el del apego y por último el del miedo. Cuando toda ella estuvo dentro del agua caliente sintió cómo los poros de su cuerpo se abrían y como si fuese una bolsita de té dejó que manara de ella el perfume contenido en su interior, convirtiendo aquel líquido simple en una infusión dulce llena de color, sabor y olor.

Se volvió una con el agua, le entregó su esencia y destiló por fin aquel perfume soñado. Lo llamó L’Essence de Lamouroux, como a su boutique.


Si quieren seguir las historias y futuras presentaciones de Mauro, pueden seguirlo en @mauropatigno

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