Sobre los ídolos

La Semana Santa se aproxima. Esto me hace pensar en la influencia que puede tener un ser humano en la vida de sus semejantes. La definición de ídolo que nos ofrece la RAE, es muy escueta para el impacto que puede tener su significado.

No voy a hablar de Jesús, ni mucho menos de la religión o las prácticas de la semana mayor. Me interesa reflexionar sobre aquellas personas que por sus acciones e ideas, se convierten en símbolos, inspiran a otros, y de alguna forma dan esperanza. No es necesario hacer listados de personas específicas, cada uno tiene sus ídolos; se trata de analizar lo que estas personas significan o de comprender las implicaciones que tienen en la vida de las mismas.

La gran diferencia entre lo divino y lo humano, es que los primeros no necesitan demostrar su poder, no necesitan hacer nada, porque de entrada están por encima de nuestra condición. En ese sentido, no se ganan nada, el respeto, el amor, el temor, la admiración, son a priori; por el contrario, el ser humano se gana el respeto, la admiración, entre otros, debido a sus acciones, a lo que los otros perciben. Por esta razón, es que muchos son enaltecidos hasta el punto de canonizarlos (como lo hace Vallejo en las biografías) o de considerarlos parte de la divinidad. En este punto no se trata de religión o de creencias, es algo mucho más profundo porque es el momento en que un ser humano sobresale por encima del común, canaliza y trasmite algo que supera lo meramente individual. Dicho de otra manera, como si tuviera la capacidad de abstraerse del espacio y el tiempo, y pudiera darle una interpretación al mundo distinta de la habitual, que rompe los límites establecidos y en consecuencia, abre el horizonte.

En esa línea, es que los seres humanos, los que nos inspiran, muchas veces son considerados dioses terrenales, porque son capaces de crear mundos y poblarlos de gente, de crear descendencia. Para dar ejemplos concretos: Jesús tiene una semana especial en la que muchas personas recuerdan sus acciones y su mensaje; cada vez que Michael Jackson cumple años de muerto, se congregan personas a bailar como él lo hacía. No sé si los nazis recuerden a su mentor cada año, también es una posibilidad.

Los ídolos se convierten en ello porque han encontrado una manera distinta de comunicarse con el mundo, de trasmitir el amor, de divertirse; han hecho de la posibilidad de soñar una realidad, de la disciplina y la constancia el mejor camino para alcanzar las metas. Tal vez el mensaje sea que mientras estamos vivos, es una exigencia moral buscar ser felices.

La búsqueda de alguien que se convierte en ídolo, no es necesariamente partir la historia o buscar la inmortalidad, es reducir la brecha que hay entre el deber y el querer, reducir la brecha que hay entre los sueños y la realidad. Dicho de otra manera, la urgencia de no aplazar la felicidad.

II

Recuerdo cuando era niño la imagen de unas mujeres esperando a la salida de un aeropuerto la llegada de un grupo musical: The New Kids On The Block. La cámara estaba mucho más atenta a las reacciones de las fanáticas que a la llegada misma de los artistas. Me llamó mucho la atención porque no paraban de gritar, lloraban a cántaros; la escena no me agradó.

Años después la escena sería mucho más impactante. Llegué a la casa de mi abuela y escuché música a todo volumen. Mi prima salió con los ojos hinchados de llorar y con una foto de Enrique Iglesias en sus manos; me miraba y cantaba “casi una experiencia religiosa, es casi una experiencia…”, no relacioné la escena de años atrás, con lo que estaba presenciando en ese momento. Mi prima me decía que lo amaba y seguía llorando. Ese día sí tuve una idea: mucha tonta.

La idea de llorar por un desconocido me parecía absurda, yo me preguntaba ¿Enrique Iglesias algún día sabrá que en un pueblo de Colombia alguien lloraba por él? Me daba risa. Pasó el tiempo y me percaté de que el imbécil era yo.

Viviendo solo comencé a comprar libros, a hacer mi biblioteca; en las clases de literatura conocí la vida de muchos autores que yo leía en las noches. La combinación de la soledad y la precariedad económica, me hizo aferrarme a ellos tanto que una vez preferí comprarme los cuentos completos de Cortázar que hacer el mercado. La razón era que los escritores me estaban dando una forma de combatir la adversidad que la realidad y el contexto me imponían. No está de más decir que no volvería a dejar de comer por comprar un libro, pero esa experiencia me mostró el poder de los ídolos.

No sé si las personas que lloraban mientras esperaban a The New Kids On The Block o mi prima, pensaran en las vidas de los artistas; me atrevo a suponer que el impacto era por su físico, sus voces, sus bailes, o sus letras. La experiencia de tener ídolos me capturó completamente, no era sólo el mensaje que leía en sus obras, sino la forma como habían llegado a ellas.

Los primeros encuentros que tuve, con experiencias vitales, fueron las que padecieron varios autores del boom latinoamericano. Sobre todo porque la miseria económica los rondaba, y cada obra publicada era por un trabajo extenuante, casi de superhombres, que se sobreponían al cansancio, al hambre, al exilio, para afirmar su convicción: ser escritores.

Posteriormente irrumpió en mi vida la música de The cure. Lo primero que me cautivó fue la atmósfera que creaban con su música, luego su vestuario, luego sus letras. Comencé un cuaderno donde traducía todas sus canciones y siempre que podía consultaba en internet qué estaba haciendo la banda, o qué estaba opinando Robert Smith. El impacto fue grande porque volví a pensar en la vida de estos hombres. Me los imaginaba caminando por las calles con la mirada burlona de la gente o con la censura social a cuestas. Sentía una alegría inmensa pensar que una convicción o una concepción del mundo, eran mucho más fuertes que pertenecer a un colectivo simplemente para no ser señalado. Comprendí que la vida se trataba de tomar postura, es decir, de hacer lo que uno quiere hacer.

fans

Foto vía internet

Años después The Cure se presentó en Bogotá y no presencié ninguna escena por parte de la gente; la escena fui yo: apenas Robert Smith subió al escenario me puse a llorar de igual manera que lo había hecho mi prima, no podía contener el llanto. Recordé de inmediato las noches que había pasado en vela escuchándolos, mi gran esfuerzo por traducir sus letras, pero sobre todo la compañía que me habían brindado en momentos oscuros de mi vida. La vestimenta y el peinado del cantante eran del mismo estilo de 40 años atrás, eso representaba convicción, amor, decisión, dicho de otra manera, representaba la capacidad de un ser humano de levantarse por encima de su condicionamiento social, de la mirada, de las críticas, de las burlas, para afianzar una postura, un estilo de vida. Entendí que eso era lo que hacían los ídolos, superarse a un nivel tan alto que trascendía lo meramente individual.

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