La vida es un paseo

La primera vez que John me visitó fue un desastre.

Vino con Gloria una amiga en común que le gustaba en ese entonces; mi esposa y yo los habíamos invitado para almorzar, a John apenas lo estábamos conociendo.

Recuerdo el sonido del citófono, el vigilante lo anunció y autorizamos su ingreso. De la portería a nuestro apartamento no es mucha la distancia, pero ambos se demoraron más de lo esperado en llegar. No me preocupé, pensé que estarían coqueteando, besándose apasionadamente en una de las entradas del conjunto, en fin…estaba equivocado…muy alejado de la realidad.

Sonaron varios golpes en la puerta, los gritos de una mujer llamaban pidiendo ayuda; salí apresuradamente para saber lo que ocurría, era Gloria poseída por el pánico, lo único que entendí fue que la siguiera.

Un piso más abajo estaba un tipo encima de John golpeándolo en la cara, lo increpaba mientras la esposa le decía que lo dejara en paz. Tomé al tipo por la espalda y caímos al suelo; intenté tranquilizarlo para entender lo que ocurría. John se incorporaba con sangre en la nariz y me decía que no entendía nada de lo que estaba ocurriendo. La historia la pude reconstruir después.

Mis vecinos eran una pareja de esposos que estaban en una crisis matrimonial; el hombre sospechaba que su mujer lo engañaba mientras él estaba trabajando; ese día Gloria se olvidó del número de nuestro apartamento y timbró en otro; John traía una torta y unas flores para obsequiarnos a mi esposa y a mí. El resto se lo imaginan ustedes.

Me pareció una persona muy noble, no es fácil dejarse pegar sin responder siquiera con una vulgaridad. Me pareció admirable lo que él había hecho y en esa medida muy inteligente; deduje que ese acto era de valentía, de enseñanza, que se aprendía por la influencia de algo o de alguien; dicho de otra manera, me percaté de que siempre hay algo o alguien que nos inspira, que nos cambia la vida; eso que llamamos ídolos son los que nos enseñan a vivir o a pensar en situaciones salidas de nuestra vida cotidiana para posteriormente poderlas enfrentar de la mejor manera. Los ídolos nos enseñan y sacan lo mejor de nosotros; después de lo que había visto, invité a John para que escribiera en Musatura sobre alguien que lo inspirara.

Esta historia me la contó ese día, mientras se limpiaba la sangre.

 La vida es un paseo

Crónica escrita por John Osorio

A Gloria Rubiano por creer que esta historia era posible

─Mamá,  aquí está un loco que quiere vendernos una nevera en este frío─. ¡Y luego el pisco me cerró la puerta en la cara! Era muy difícil vender neveras en 1950, dice Jesús mientras pone su bandola sobre la mesa.

─ ¡¿Usted tiene un estudiante de bandola de 94 años?!─. Me pregunta un amigo y me mira como si estuviera loco. Es muy difícil tener un estudiante de bandola de 94 años en 2014, pienso yo.

Conocí a Jesús Acosta un día que no logro precisar del año 2008. Entró por la puerta del salón donde dictaba clase de bandola a adultos mayores con un andar lento y parsimonioso, siempre  llevado del brazo de su esposa 20 años menor que él. Llegó motivado por su hijo que conocía al director de la academia y quién le insistió para que asistiera a una clase de prueba. Jesús me dejó claro que si iba a ponerse a aprender bandola a esa edad era por puro hobbie, pues a sus 88 años estaba muy viejo para pensar en presentarse o dar un concierto en público. Seis meses después estábamos en una tarima uno al lado del otro tocando para un público de aproximadamente 50 personas en las muestras de final de semestre de la academia. Toca bien, yo veré, me dijo antes de empezar el concierto y sonrió para ocultar su miedo escénico.  El concierto salió muy bien. Al terminar me presentó a dos de sus cuatro hijos y a algunos nietos que emocionados lo abrazaban. Su esposa sonreía y me agradecía la dedicación puesta en la enseñanza de las dos obras que tocamos.

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Foto de don Jesús, con unos compañeros de la Fuerza Aérea Colombiana antes de ir a Estados Unidos

Durante seis meses más vi a Jesús todos los sábados pasearse por los pasillos del colegio donde funcionaba la academia. Su esposa y su hija lo dejaban como se deja a un niño en el jardín para volver dos horas después. En esas dos horas Jesús hablaba con todos, hacía chistes, estudiaba bandola  y lo que más disfrutaba yo: contaba anécdotas de su vida. Su memoria es inigualable, a lo cual se suma su increíble poder narrativo. Jesús fue oficial de la Fuerza Aérea Colombiana y estuvo en Estados Unidos en 1938 porque fue uno de los únicos colombianos que en seis meses aprendió a hablar inglés. De su paso por Estados Unidos cuenta cómo logró enamorar a una joven llamada Viola. A su regreso a Colombia mantuvo una relación epistolar con ella en cartas escritas mitad en inglés, mitad en español. En estas cartas Jesús aprovechaba y le enviaba algunas fotografías. Se iba al barrio Chapinero y pedía que le tomaran fotos frente a las más lujosas casas del momento, después escribía al respaldo de la foto: my house, y la enviaba en un sobre a Chicago. Al otro mes se tomaba una foto frente a un carro y hacía lo mismo; escribía al respaldo: my car, y la enviaba en una carta a Viola que esperaba con expectativa. La correspondencia se mantuvo por varios años hasta que a principios de 1948 Viola le anunciaba en una carta que viajaría en unos cuantos meses a Colombia a conocer su casa, su carro y todas esas cosas de las que hablaba en sus cartas. Jesús no sabía qué hacer y en eso lo encontró el Bogotazo; mientras  salía corriendo a Madrid, Cundinamarca a buscar provisiones para las tropas atrincheradas en el Ministerio de Guerra cerca al actual Hotel Tenquendama supo que tenía la excusa para salvarse de la visita de Viola. En una carta le explicó la difícil situación que afrontaba la ciudad y le dijo que no sería posible su visita. Nunca más volvería a saber de ella.

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Foto de don Jesús, en el centro está Viola con quien Jesús mantuvo una relación epistolar

En 2009 dejé mi trabajo como profesor de bandola en la academia y me alejé por algunos meses de Jesús. Un día recibí una llamada de él para invitarme a su casa ubicada en el barrio Alcázares. Ahora que lo pienso esta casa debe quedar muy cerca de la casa de Chapinero que llevaba al respaldo la inscripción “My house” en las fotos enviadas a Viola.

En esta casa retomamos las clases de bandola y tuve la oportunidad de conocer más de la vida de Jesús. Conocí su carrera como comerciante que lo llevó a vender las primeras neveras en la fría Bogotá y los primeros televisores de tubos que llegaron en el gobierno del General Rojas Pinilla que nadie compraba porque eran pocos los programas que había para ver. Un día, al terminar una clase Jesús se levantó y me invito a un patio ubicado en la parte trasera de la casa. Allí me mostró las máquinas que usó para su empresa de embutidos y que fue su último negocio. Me mostró un enorme rompecabezas de 1.200 piezas sobre la pared de su patio. Sabe profesor, me dijo, todas las noches mi hijo me esperaba para armar el rompecabezas. Nos tomó muchos meses armarlo. Algunas noches las piezas se nos confundían, nos parecían idénticas las piezas que iban a arriba de las que iban abajo y perdíamos la paciencia, pero a la mañana siguiente encontrábamos el lugar de cada ficha. Supongo que así debe ser con la vida, dijo y salió del patio.

Nos alejamos por un par de años y cuando lo volví a ver, me contó que estaba perdiendo la visión. Con la voz entrecortada me dijo que sentía que se estaba quedando ciego y eso lo deprimía. Él, que estaba acostumbrado a ser independiente, ahora estaba a merced de la edad. Fatiga de material, dice con ese tono jocoso con el que dice muchas cosas.

El 7 de noviembre de 2013 estuve en su cumpleaños número 94. Tocamos un total de 12 obras para su familia. Toca bien, “yo veré”, me dijo antes de empezar el concierto. Ese día conocí a todos sus hijos, a todos sus nietos, a sus más cercanos amigos y a todos sus seres queridos. Ese día levantó la copa y agradeció a Dios tantos años vividos y la compañía de todas las personas que lo rodeaban.

El 3 de enero de 2014 empecé mi empresa; una escuela de formación artística en el barrio Santa Matilde. A veces pienso en lo difícil que es emprender un proyecto nuevo, todas las dificultades de levantar una empresa y recuerdo una frase que dice Jesús siempre que se siente agobiado por la edad: “La vida es un paseo y en los paseos no se trabaja”. Así que pienso en todo lo que hizo Jesús en su vida y como a sus 94 años persiste con dedicación en su tarea de tocar bandola (lo que hace muy bien a pesar de su edad y su mala visión) y entonces respiro y sigo adelante.

 

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Si quieren leer a John los invito a que lo lean en su blog Colombia Folcronica y lo sigan en  su cuenta de Twitter @johnjfolcronica

 

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