Los inconvenientes del deporte

preso

Foto vía internet

Acabo de salir de la cárcel, estuve 24 horas retenido. Quien lea esto se imaginará que salí indocumentado, o que estuve donde las putas y monté bronca, o que me robé algo, o que protagonicé algún escándalo público; nadie se imagina algo distinto a eso.

A mi el fútbol dejó de gustarme desde que se comenzaron a formar las llamadas “barras bravas” porque matarse por un equipo o darse en la geta por eso, me parece absurdo. No obstante, ese día decidí volver al estadio.

Mi equipo iba perdiendo. Yo estaba sentado con la gente que le hacía barra fervorosamente; debo decir que no sobraban insultos para el árbitro y para algún jugador al que le estaban pagando por equivocarse y sacar de casillas a la hinchada.

Se comentaba desde hacía días que el estadio necesitaba un mantenimiento especial, pero que se podría aplazar mientras el torneo se llevara a cabo. Pues bien, ocurrió que de un momento a otro la gradería se llenó de abejas picando a todos los asistentes; eran tantas, que de inmediato nos levantamos desesperados porque nos atacaban por todas partes; se apoderó de nosotros un frenesí que saltamos las vallas de seguridad y terminamos en la cancha corriendo como locos. La policía entendió que íbamos a matar a los jugadores y comenzaron a repartir bolillo a todos los hinchas, los apresaban y se los llevaban; a su vez, los jugadores se creyeron el centro de nuestro malestar y comenzaron a repartir patadas y puños a todo el que se les atravesara, es decir, que a las picaduras de las abejas se sumaban los maltratos, “todos contra todos”.

En fin, el partido se aplazó y nadie comprendió hasta hoy lo que realmente había ocurrido; ayer éramos la peor peste del deporte.

Cada uno de los detenidos contamos la versión en la que todos coincidíamos. La policía no tuvo más remedio que dejarnos en libertad.

Nada era igual, estábamos picados y aporreados en todo el cuerpo.

Lo que el noticiero registró después de mostrarnos como salvajes que se meten a matar a los jugadores, fue que unos jóvenes que viven cerca del lugar, siempre se reunían para apostar quién derribaba el nido de abejas que se había radicado en una de las partes superiores del estadio.

Esa tarde, al que le decían con cariño, el ex-convicto fue el afortunado que se ganó la apuesta.

 

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