Mortalidad

Martin A. La Regina

Foto vía Internet

 

Christopher Hitchens me acompaña hace algunos años en mi biblioteca. Nunca lo olvido no sólo por sus razonamientos en contra de la religión y Dios, sino porque debo a su libro Dios no existe el primer acercamiento con  quién sería después mi esposa. En realidad decir acercamiento es un eufemismo, fue una pelea que duró hasta al amanecer y ni siquiera nos despedimos.

Hitchens es uno de esos pensadores a los cuales vuelvo a leer con un placer enorme, me incomoda, me hace reír, me incita a ser mucho más reflexivo e incluso a mejorar la forma en la que hablo.

Acabo de terminar la lectura de su último libro Mortalidad y mi admiración sigue intacta. Esta vez no reí con sus ingeniosos argumentos en contra de la religión y sus detractores católicos; esta vez sufrí con él, el cáncer de esófago que le detectaron en 2010 y que produjo esta breve reflexión sobre la vida, sobre el sufrimiento, pero sobre todo de la muerte.

Recordé una anécdota de un pensador que siempre hablaba despreocupadamente sobre la eutanasia, su postura radical a favor de ella; cuando se vio postrado en una clínica por una enfermedad muy grave, comenzó a hablar en contra de ella y a sentir que los médicos lo iban a matar, como consecuencia de todos los argumentos que había dado a lo largo de su existencia en favor de la muerte digna.

Este recuerdo me acompañó a lo largo del libro de Hitchens porque nunca se retractó de lo dicho, por el contrario, en medio del dolor, en medio de las apuestas que se hacían en la web sobre su inevitable arrepentimiento y alistamiento en las filas católicas, en medio de los insultos, los deseos de sufrimiento y condena en el infierno que escribían sus opositores, no dio su brazo a torcer porque a pesar de su enfermedad y su dolor, sus convicciones nunca estuvieron en juego. Temía a la muerte como algunos mortales, quería continuar con vida, se aferraba a cada instante, pero su destino ya estaba escrito y a pesar de su tragedia decía que no caería en las trampas del miedo, es decir, en las supersticiones o en la ayuda divina.

La última parte del libro es fragmentada, aforística, por la forma como venía escrito me imagino que ya el dolor, la debilidad, el cansancio, no le permitían elaborar ideas largas, párrafos extensos, con total lucidez. Las últimas líneas van desdibujando al orador y escritor imponente que siempre fue; la luz comienza a titilar…su esposa se encarga de escribir el epílogo de una obra cuyo punto final fue la muerte de su autor.

Les comparto una de las frases que nos deja Hitchens:


“Antes de que me diagnosticaran un cáncer de esófago hace año y medio, informé a mis lectores con cierta despreocupación de que cuando afrontara la extinción quería estar totalmente consciente y despierto, para «hacer» la muerte en voz activa y no en voz pasiva. Y todavía intento alimentar esa pequeña llama de curiosidad y desafío: dispuesto a seguir jugando hasta el final y dispuesto a no ahorrarme nada de lo que corresponde al tiempo de vida. Sin embargo, una enfermedad grave te obliga a examinar principios familiares y dichos aparentemente fiables. Y creo que hay uno que no digo con la misma convicción que acostumbraba: en concreto, he dejado de emitir la afirmación de que «lo que no me mata me hace más fuerte».”

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