Contamíname

Contaminame

Foto vía internet

Pedro Guerra es un cantautor español que ha deleitado a todo el mundo con su música desde hace muchos años. Sus dos primeros trabajos discográficos en solitario: Golosinas, Tan cerca de mi, me cautivaron inmediatamente con canciones como el marido de la peluquera, Daniela, siete puertas. Hace unos días estuvo en Colombia, no fui a su presentación porque estaba viendo a Pedro Aznar. Efectivamente dos Pedros en un mismo día, en una misma ciudad.

Antes de saber que Pedro Guerra venía, lo había estado escuchando mucho, como los libros, los músicos nos llaman. A veces nos engañamos creyendo que siempre elegimos lo que leemos o escuchamos, cuando son los artistas o sus obras las que nos llaman, no puedo explicarlo mejor; es como si supieran el momento en que los necesitamos. Así las cosas, el cantautor español me ha dado una clave para entender una postura común frente a la vida.

En la cotidianidad se nos presentan problemas de cualquier índole, unos más graves que otros, pero en síntesis se dan por la relación con otros seres humanos. No es fácil convivir ni con los desconocidos, ni con los familiares. Dicho de otra manera, convivimos con seres diversos y distintos que cuestionan – con intención o sin ella – con sus actos o sus palabras, la forma en la que vemos el mundo. Según la perspectiva se juzga bueno, malo, o ninguno de los dos.

Hace días venía cargado de molestia, incomodidad, rabia, dolor, por situaciones en las que terminé involucrado. Los malos entendidos en el lugar en el que trabajo hicieron que todas estas sensaciones se incorporáran hasta el punto de quitarme el sueño, de dolerme el cuello. Poco a poco, tras un ejercicio permanente de reflexión, de silencio, me fui percatando que había caído en el facilísimo, en la mediocridad; que todo aquello en lo que había estado o pensado, no me había permitido avanzar, me estancaba; como no era el único involucrado, mis amigos y yo nos habíamos empobrecido; nos encontrábamos y casi ni nos saludábamos, porque primero estaba el problema que nos había indispuesto a todos, no entre nosotros, sino en el espacio y con las otras personas con las que trabajamos. A pesar de que me sentí miserable, me alegré de haber descubierto una verdad.

Lo más fácil es odiar, guardar resentimiento, malestar frente a los otros, negar lo que los otros son para afirmar lo que uno es, creer que un cambio de perspectiva es agachar la cabeza, es someterse; en otras palabras, pareciera que la soberbia y el rencor fueran la alternativa para solucionar los problemas.

Después de sentirme mediocre por ese facilísimo en el que los seres humanos caemos, vi el otro lado de la moneda, el lado oscuro; oscuro porque es el más difícil, soltarse del miedo, dejar de llenarse de pensamientos que nos quitan el sueño, intentar desde la sinceridad perdonarse y perdonar a los otros. Repito que es lo más difícil porque hemos tenido una historia que nos ha enseñado a odiar. Aunque el mundo no es perfecto, debemos cambiar la perspectiva y enfrentarnos a eso que nos permite avanzar, aquello que dignifica la vida.

En el comienzo de este escrito mencioné a Pedro Guerra. Una de las canciones que lo convirtieron en un músico universal tiene que ver con este tema que lo que lo hace mucho más ameno: contamíname.

 

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