Encuentro con el Vagabundo

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Foto vía internet

En 1999 llegó a mi colección de música un trabajo que no podía encasillar, no sabía con qué lo podía comparar. Los seres humanos somos así, todo lo queremos asociar a algo, las analogías nos hacen sentir seguros, lo mismo que poner nombre a todo aquello que nos rodea, nos alimenta el ego porque es señal de dominio, de racionalidad onmipotente.

Escuché a Robi Draco Rosa en la casa de un amigo donde las drogas y el alcohol alimentaban la atmósfera oscura, en la que intentábamos hablar por ratos, la música no nos permitía distraernos. Recuerdo muy bien la alegría de mi amigo cuando le dije que ese sonido me encantaba, me parecía algo desconocido, una fuerza que potenciaba un placer por la melancolía, por el recuerdo triste con felicidad; esas eran las ideas que me generaban las letras y las melodías. La alegría de mi amigo se debía a que mi gusto radical por el punk se había desvanecido y para él fue una revelación, como si mi atracción por Draco legitimara su producción. Algo así como si esto le gustó a un punkero…

El Vagabundo llegó en un momento coyuntural de mi vida; The Cure ya me había ampliado el espectro musical y alejado del radicalismo que sólo me traía ignorancia y pedantería. Draco llegó con unas letras potentes que se presentaban como las herederas de los poetas malditos, coincidiendo con mi lectura apasionada por uno de ellos: Charles Baudelaire.

Robi componía canciones que sonaban oscuras, distorsionadas, abismales, que iban abriendo la mente para un viaje interior que de seguro se encontraría con el desamor, con la muerte, la contemplación, el olvido, lo que no fue, la pesadilla. En Rock al parque de ese mismo año corroboré que la sensación que me daba era la de estar atento a todas esas emociones, esas ideas, permearme del dolor inherente al ser humano. Su presentación evidenció su estética: apenas se podía sostener, estaba borracho y hablaba en un lenguaje que a veces no lográbamos entender; como ese lenguaje que a veces utiliza la poesía que por la magnitud de sus verdades no logramos identificar, por su mensajes providenciales resulta difícil verbalizar. Draco para mi se convertía en un músico que reivindicaba la tristeza de la manera más bella y poética que nunca había escuchado. Él, un músico profundamente enamorado de su esposa, le cantaba a la otra parte que por muy felices que fuéramos nunca nos iba a abandonar.

La poesía de ese álbum era evidente, las imágenes y las metáforas que empleaba para recrear la realidad interior eran bellísimas. Su calidad literaria me sorprendió gratamente, porque la fama que tenía Robi en ese entonces era la del gigoló de menudo, de un tipo que bailaba y se preocupaba por su imagen; de hecho la aversión que tienen muchas personas por este músico tiene que ver con su participación en ese grupo.

Es un mal sueño largo

Una tonta película de espanto

Un túnel que no acaba

Lleno de piedras y de charcos

Con esto me bastó para percatarme que estaba escuchando a un gran compositor, que logró en estas cuatro líneas, explicarme la obra completa de Kafka.

 

 

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