Pedro Aznar recargado

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El pasado sábado 2 de agosto se presentó en Bogotá Pedro Aznar. Nunca pensé que lo fuera a ver en Colombia; dentro de mis planes estaba viajar a Buenos Aires y buscar uno de sus recitales. Cuando menos pensé apareció en mi país con una presentación de dos horas y con entrada gratuita.

Infortunadamente la canción con la que inició, pasó por los inconvenientes típicos del sonido y no causó el impacto que me esperaba. La canción con la que rompió el silencio fue Quebrado.

La forma como asumió el concierto fue la que imaginé: serio pero cálido, conciso y oportuno en sus comentarios, pero sobre todo un artista que dignifica la vida con toda su maestría, con todo su talento y virtuosismo.

Canciones como Décimas, a primera vista, el faro de los ahogados, nocturno suburbano, hicieron parte de un repertorio cargado de intimidad, introspección, que por momentos estallaba con canciones como tu amor, mientes, fotos de Tokio.

Cada canción iba dando una pincelada de ese gran cuadro armónico que nos estaba regalando el músico argentino. Muchas personas estaban allí sin conocerlo, sin embargo, en sus rostros se percibía admiración, amor, respeto, y ganas de escuchar cada canción que interpretaba.

Algo inesperado, que me disgustó mucho, fue que el presentador animaba el espectáculo diciendo que Aznar había tocado con Charly García; era lo único que sabía y todas sus frases eran de similar contenido, es decir, molestaba a las personas que conocíamos la trayectoria y magnitud de la obra de Aznar. Dicho de otra manera, esa responsabilidad de presentar a un artista, debe estar a cargo de alguien que se informe mínimamente sobre la producción de este. Así las cosas, no era necesario motivar al público haciendo entender que Aznar era importante porque había tocado con Charly, si era una referencia para quienes no lo conocían no debió pasar de eso, de una referencia.

El gran cuadro de Aznar llegó a su momento cumbre cuando pidió al público que después de interpretar una canción de su último álbum, todos guardáramos silencio hasta que la nota que él iba a dejar en el aire se extinguiera. La canción se titula Ahora y como su compositor lo dijo habla de reconocer el presente como ese único espacio en donde realmente habitamos, el pasado ya no es y el futuro una simple especulación. Algunas personas incumplieron ese pacto, tal vez su vida está llena de ruido y el silencio las atormenta, o simplemente no les importó ser partícipes del rito. A pesar de unos tibios silbidos y tímidas arengas, logramos respetar al músico y darle una satisfacción muy difícil de dar, porque en un concierto predomina la euforia, la pasión; el reto que nos planteó Aznar era todo lo contrario: contenernos, aguantar, expresar toda la emoción con el rostro.

Ese silencio condensó todo mi sentimiento hacia la música; recordé a mis grandes maestros: Francisco Avellaneda, Efraín Vélez, Lucio Feuillet, Pacho Casas. En cada clase que compartí o que comparto con ellos, el silencio siempre aparece como parte vital de la música, es extraño poderlo expresar, pero es una especie de origen, un momento en que el ser humano se conecta con algo que no puede comprender y que termina siendo un acto creativo.

El silencio de Aznar convocó a mis maestros para recordarlos; en ese momento de intimidad, recordé las enseñanzas de cada uno, con su pedagogía llena de amor y pasión, que sólo tienen las personas que han comprendido que la vida va más allá del dinero, que va más allá de pagar facturas, o de ser famoso; por el contrario, han comprendido que la trascendencia hacia algo mucho más elevado que la fama, se da a través del compromiso con el que se lleva a cabo la decisión tomada, en este caso, la de ser músicos. Estos maestros, desde que los conocí, siempre aparecen en mi vida de una manera inesperada, cumpliendo lo que considero la esencia de un artista: Acompañar.

El silencio fue mucho más fuerte cuando la nota se diseminó en la atmósfera y en nuestros cuerpos; en ese clímax Aznar se despidió con un susurro: Muchas gracias.

Minutos después, tras la insistencia del público por otra canción, Aznar volvió con otro momento inesperado, interpretó Karma police de Radiohed y Shape of my heart de Sting.

Días después del concierto seguí pensando en ese silencio, sentí que ese momento iba mucho más allá, que no había podido racionalizarlo mucho más porque lo que predominó fueron las emociones. ¿Cuál era mi relación con el silencio? Fue la pregunta que me comencé a hacer.

Recuerdo que cuando estaba en el colegio, jugábamos a hacer silencio pero esto no era nada artístico, si alguno de los compañeros incumplía la orden se ganaba todos los golpes que le quisiéramos dar. Esto me hacía pensar que ese silencio del concierto tenía que ir mucho más allá de un momento.

El silencio invitaba a la introspección, a la ponderación de nuestras vidas y a la posibilidad de sentir. El silencio que propuso Aznar lo pensé después como una manifestación en contra de la velocidad, de lo efímero y de todo aquello que nos contamina la vida, nos hace apartarnos de ella y levantar personalidades de papel que se moldean más por temor al desempleo, por temor al ridículo o al fracaso. El silencio puede ser el primer paso para cambiar de estilo de vida porque allí nos reencontramos con nosotros mismos y así podemos reconocer y valorar el Ahora.

El espectáculo de Pedro Aznar lo volvería a ver…

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