Herzog

Saul Bellow Portrait Session

Foto vía Internet

En este momento, no tenía mensajes para nadie. Nada. Ni una sola palabra”[1].

Con esta frase termina la novela de Saul Bellow. Pareciera que Herzog fuera la historia de cómo las palabras van perdiendo conexión con la realidad que se vive individualmente. Dicho de otra manera, el momento en que el silencio refleja un momento de lucidez porque logra apaciguar el ego, las explicaciones, el control, y da paso a ese silencio que deja abierto el espacio de la ambigüedad porque puede ser un acto que confirma la derrota o un triunfo sobre la realidad que afecta o tergiversa la idea de sujeto, la idea de personalidad. Mientras leía la historia de herzog, recordaba otra novela: “Auto de fe” del también Premio Nobel Elías Canetti. La diferencia radicaría en el manejo del tema. Canetti cuenta la historia de un intelectual que se enamora de una mujer, se casa con ella y su vida termina convirtiéndose en un infierno, producto de su vida conyugal. En la historia de Bellow se cuenta la historia de un intelectual divorciado dos veces, con un hijo en cada matrimonio, está llegando a los 50 años y hace parte de una familia de inmigrantes judíos que vive en Estados Unidos. Uno de sus matrimonios frustrados es el que más le atormenta, el que contrajo con Madelaine y que al parecer se convierte en un problema sin fin. Tanto Canetti como Bellow nos muestran el amor como algo que se va despojando de idealismo, de flores, de bellas canciones y suspiros, para convertirse en un arma de destrucción física y moral para el ser humano. Herzog es un individuo frágil, inseguro, cuyos actos siempre están permeados por la duda o por el temor. Sus relaciones amorosas fracasan permanentemente, a veces duda de poder satisfacer sexualmente a sus parejas.

Por otro lado, pretende dialogar con los grandes pensadores de Occidente pero lo intenta a través de cartas personales que no envía a nadie. En esta medida, el personaje oscila entre emoción y razón como la manera de buscarle sentido a su existencia; cuando digo oscila me refiero a que salta de un lado al otro buscando seguridad. Por ejemplo: en una escena el profesor Herzog intenta explicar las raíces del Romanticismo pero comienza a divagar hasta quedarse en silencio frente a sus estudiantes, mientras estos lo observan copiando lo que serían “ideas brillantes”.

Bellow muestra cómo esa faceta romántica del amor imposible que era obstaculizado por la guerra o por problemas familiares han dejado de tener sustento en el siglo XX, porque el amor ya no tiene esa atmósfera divina e idealizada que otorgaban los actos heroicos. Eso ha desaparecido y Herzog pierde a su amada en los brazos de su mejor amigo Gersbach. Es en este sentido que Herzog se mueve en la dicotomía del romanticismo y la ilustración, en la cual la frustración amorosa intenta superarla con el dominio de la razón, por ello es que busca conciliar a Locke con William Blake.

Por otra parte, el autor crea una ambigüedad frente al personaje porque a veces pareciera que su condición de judío fuera determinante en la manera en la que se relaciona o asume su realidad, es decir, desde la culpa y la “autoflagelación” permanente en un mundo en el que la religión se encuentra en crisis. El juego del autor consiste en que el lector busque como Herzog, la responsabilidad de todo lo que sucede en las demás personas, empero, tanto lector como personaje vamos descubriendo que el responsable es él mismo, tal y como lo ilustra una de las escenas más brillantes del libro: el accidente automovilístico con su hija. Saul Bellow parece decir en estas líneas que tanto la poesía, la belleza, el amor, la explicación del mundo, fueron momentos de la historia que con el paso del tiempo se convirtieron en productos elaborados por la imaginación. Por lo pronto pienso en por qué Herzog se retiró al campo, en silencio.

[1] Bellow, Saúl. Herzog, Buenos Aires: Sudamericana., 2010. p. 431.

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