La trilogía de Agota Kristof

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Hace poco me enteré de la existencia de Agota Kristof y me sucedió algo que a veces me sucede: leer a alguien cuando ya está muerto. Siempre me consuelo diciendo que es imposible leer a todos los autores mientras están vivos, además que la cantidad de lecturas que quiero hacer se me incrementan cada vez que parpadeo; puede sonar exagerado o pretencioso pero así es, nunca es suficiente. Mi frustración con que Kristof  esté muerta es porque me gusta pensar que el autor que leo y me cautiva, en algún momento lo podré conocer o escuchar personalmente hablando de la obra que tanto me ha gustado; es una esperanza que puede ser ridícula pero que me gusta conservar.

El gran cuaderno es la historia de dos gemelos que como consecuencia de la guerra comienzan a educarse para resistir el momento histórico. No lo hacen desde ningún bando, lo único que les interesa es sobrevivir y para ello son conscientes de que deben aprender a no sentir, a no emitir juicios morales, ser crueles, despiadados, estratégicos, ya que nada importa más que la vida. No sienten deuda alguna con la familia. Los gemelos viven una vida que no escogieron y ahora les toca buscar la manera de sobrevivir. Al final uno de ellos logra cruzar la frontera luego de engañar a su padre y lanzarlo como carnada a probar suerte en el campo minado. El segundo tomo, La prueba es la historia de uno de los gemelos, el que se quedó en medio del conflicto. Sin embargo, a medida que avanza la historia parece que el gemelo que logró escapar desapareció o nunca existió. El tercer tomo, La tercera mentira desde su título cuestiona toda la trilogía, al parecer ninguno de los gemelos existió y todo es una obra literaria que se gesta dentro de la misma obra; desde el comienzo de la trilogía sabemos que en los personajes hay un interés literario, pero cada vez es más confuso quién es el que escribe la historia que leemos. En esa medida, no es fortuito que se mencione que los personajes habitan en la ciudad K; la confusión que nos genera a los lectores pareciera disiparse por la alusión a un personaje kafkiano del cual se otorga el  nombre de una ciudad, como si Kristof nos dijera entre líneas que la lógica de esa ciudad se relaciona con ese personaje, por eso es que a veces se entrelazan la pesadilla con la realidad, la confusión con la locura. Además, esta pequeña alusión le sirve como clave literaria para contar los hechos anteriores y posteriores a la Revolución húngara.

Soy consciente de que el resumen que acabo de hacer es mediocre, pero el impacto que me causó la prosa de esta escritora húngara me hace escribir este texto de una forma desprevenida con el fin de divulgar su magistral obra. Nunca me había encontrado con una escritora (o escritor) que hiciera una gran novela, en la siguiente la pusiera en duda, la cuestionara y en la tercera se dedicará a borrarlas, a quitarles veracidad, como quien dice faltarle al respeto y “burlarse” de los lectores.

No obstante, la obra de Kristof me hizo sentir por primera vez la necesidad de leer una trilogía como algo necesario, secuencial – a diferencia de la de Sábato o Saramago, que se enfocan más en tratar temáticas que no necesariamente entrelazan una historia  – en la que se plantea la vida de dos personas, pero también una estética de la escritora frente a la literatura, la relación con la verdad y el sentido de la Historia; muchas veces lo único que existe es lo que está escrito, por eso es que muchos intentan borrar lo que han hecho y poblar la Historia con verdades más amenas, más convenientes.

Nota: mientras escribía esta entrada, recordé una de las grandes preguntas que me hacía con mis amigos en la Universidad ¿Cuándo escribir? Esto resultaba porque nos sentíamos increpados por dos teorías de dos escritores que leíamos bastante. Horacio Quiroga decía que nunca se debía escribir lleno de emoción porque eso era un factor de distracción y hacía perder el encanto a la idea primera; recomendaba la pausa, bajar la temperatura. Por el contrario, Henry Miller decía que sin emoción era mejor no escribir nada, porque nada se hacía mejor que cuando uno estaba preso de algo desbordante. Hoy en día creo que los dos tienen razón y con mis amigos perdí el tiempo con semejante tontería. Empero, hoy la apuesta la ganó Miller.

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