¿Es usted un lector machista?

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Foto vía internet

Todo el mes de marzo lo he dedicado a descubrir literatura escrita por mujeres. Para saber qué leer he buscado videos, reseñas de revistas, blogs literarios. La tarea la he realizado juiciosamente.

Una de las características de este mes es que se conmemora el día de la mujer. El sonsonete de los medios de comunicación en el que siempre hacen ver que se debe celebrar regalando flores, escribiendo poemas o declamándolos como el presidente de turno me hizo cuestionar sobre mi conocimiento de la literatura escrita por mujeres. Debo agradecer a todo ese marketing y ruido, el descubrimiento de mi ignorancia frente al tema literario.

Revisé las entradas de este blog y encontré dos reseñas. Una sobre Herta Müller y otra sobre Soledad Acosta de Samper. Mi ignorancia sobre escritoras me reveló un tipo de educación que recibí: tanto en el colegio como en la universidad nunca me dieron a leer textos escritos por mujeres. Recuerdo que en la universidad el máximo acercamiento fue a un libro de Marcela Serrano que se llama “Nosotras que nos queremos tanto”, el profesor nos dijo que si el tiempo alcanzaba lo leeríamos; palabras más palabras menos, era bibliografía secundaria. No me interesa culpar a nadie, solo que cuando nos llegan cuestionamientos o sentimos vacíos existenciales es necesario reeducarnos. Cada uno de nosotros da lo que puede; de igual manera lo que nos hace falta lo vamos encontrando o depende de cada uno.

En ese orden de ideas, me percaté que he sido educado para ser un lector machista; lo último que pensaba en leer eran libros escritos por mujeres, no porque fueran malos sino que sencillamente no estaban en mi registro, en mi horizonte; cerrar los ojos u omitirlas ha sido mi pecado. En otras palabras, estaba replicando la educación recibida, sin cuestionarla, sin revisarla. Debo decir que el mercado editorial tampoco me ayudó mucho puesto que predominan los libros escritos por el género masculino, no importa que sea Paulo Coelho.

Las mujeres estaban ahí produciendo obras magistrales en el campo literario y con ello se cumplía en mí el dicho “No hay peor ciego que el que no quiere ver”, con este reconocimiento no voy a caer en el extremo de decir quién escribe mejor o en hacer una defensa acérrima de las escritoras, simplemente es para afirmar que hay que levantar la cabeza y mirar más allá.

Podemos hacer una analogía con el fútbol y veremos que sucede exactamente lo mismo: la mayoría de las personas están atentas de los partidos del género masculino, los que juegan las mujeres les dedican una ínfima parte del tiempo tanto en los medios de comunicación como las mismas personas a verlos. Es un fenómeno bastante extraño porque es como si este deporte universal tuviera la condición de tener que ser practicado exclusivamente por los hombres y como si lo que hicieran las mujeres fuera una muestra de algo exótico, digno de ser mirado con una tierna indiferencia. En la  percepción que se tiene de la literatura parece que fuera igual. Solo nos percatamos de su existencia cuando se convierten en fenómenos editoriales o cuando reciben el premio Nobel de literatura, esto último (como a una gran mayoría) me sucedió con Alice Munro.

La necesidad de reeducarme o de abrir los ojos me ha otorgado grandes premios: “Memorias de Adriano” de Yourcenar me mostró cómo una investigación histórica se puede convertir en una magistral novela y cómo la literatura debe conectarse con el conocimiento universal. “Memento morí” de Spark me dejó interrogantes sobre lo que se asevera sobre la vejez, esto es, como una etapa de la vida en la que somos sabios y todo el conocimiento adquirido a lo largo de los años comienza a dar sus frutos, por el contrario la escritora escocés derrumba todo y muestra que los viejos están más llenos de dudas, de premuras, de contradicciones, en últimas, todo se vuelve mucho más intenso porque la muerte nos está llamando. La lista que sigue ya la conocen y saben lo que pienso de ellas: Leila Guerriero, Agota Kristof, Emma Reyes, Elfriede Jelinek.

Con estas lecturas me he formulado una pregunta que nunca me había hecho a la hora de leer ¿Qué quiere este libro de mí? O ¿Qué quiere transformar en mí? No sé si este tipo de preguntas sean las mejores, pero fueron las que me increparon una vez inicié esta búsqueda. Las historias o las escritoras que he reseñado me han acercado a una estética de la sensibilidad o a una poética de los sentimientos, es decir, aquello que hace tan complejo que los seres humanos podamos comprendernos, por ejemplo la guerra que nos cuenta Kristof repercute en la educación de los niños ya que las madres  deben asumirlos, porque los hombres están ocupados en jugar a ser héroes. La sensibilidad que despierta el libro de Kristof radica precisamente en ser consciente que la guerra deteriora la vida de los niños y son ellos quienes perpetuarán lo recibido; visto esta perspectiva me pregunto ¿Cómo hacer para que un hombre renuncie a la guerra? Recordé el chiste de Woody Allen: “Me declararon no apto para el ejército. Si hubiera una guerra yo sólo serviría de rehén.”

El tema se torna mucho más complejo porque la sensibilidad femenina la hemos convertido en algo lacrimoso, cursi como sinónimo de vergonzoso o como el mejor argumento del humor, particularmente del colombiano. Con todo esto lo hemos vulgarizado y lo hemos hecho a un lado cuando lo que tenemos que hacer es  todo lo contrario: reeducarnos en nuestra sensibilidad.

¿Es usted un lector machista?

Nota final: espero que este escrito no se haya tomado como una mirada condescendiente o generosa sobre la literatura escrita por mujeres porque también he intentado decir que tanto el machismo como el feminismo me parecen dos de las tonterías que más nos hemos empeñado en conservar. Como uno de esos argumentos de la iglesia que fundamentaron el racismo: “Que los negros no tenían alma”. Así, de estupidez en estupidez nos vamos perdiendo de casi todo…

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