Turista Residente

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Foto vía internet – situación real en Englewood

Desde el año pasado planeamos con mi esposa un viaje a Portugal; nos enamoramos de la arquitectura que veíamos en fotos y yo quería visitar la tierra de José Saramago, buscar a Pilar del Río para hablar con ella.

Este año empezamos a concretar el viaje y nada nos salía bien: los tiquetes aéreos cada vez más costosos, la cita para solicitar la Visa nos la dieron fuera de la fecha en la que podíamos viajar. Dicho de otra manera, el viaje no tenía forma y más que expectativas nos estaba generando frustración y angustia.

Decidimos iniciar otro plan. Irnos para New York. En dos semanas teníamos todo y nos fuímos.

Por raro que parezca pienso que este viaje era el que teníamos que hacer, algo así como si la vida nos hubiera dicho que Portugal no era una buena elección en este momento y por eso las cosas no habían salido como queríamos al comienzo.

La manera en la que he decidido viajar la he llamado: turista residente, es decir, alguien que no conoce el lugar a donde va, ni ha vivido la cultura en su contexto y la vive por unos días como un habitante del lugar. Este concepto surge de este viaje porque por fortuna un amigo que no veía hace 15 años nos recibió en su casa y curiosamente él se iba de vacaciones con sus hijos por el tiempo exacto que nosotros estaríamos de visita. Nos dejó con todas las comodidades y su casa fue nuestra por varios días.

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Plan comida nocturno ¿Organic?

El término de turista residente comenzó a hacerse tangible porque todas las acciones que hacemos a diario las hicimos en NY, pero todo era distinto, desde hacer el mercado para la semana, ir a un café o un bar, hasta tomar el bus para movilizarnos al centro de Manhattan. En otras palabras, las acciones eran las mismas pero lo que veíamos y la manera en la que lo vivíamos era distinto. Por ejemplo, el conductor del bus era un oriental que nos hablaba en inglés y como no le entendíamos nada de lo que decía nos arrebataba la plata de las manos; o lo que es mejor aún, en un Dunkin´n Donuts luego de haber pensado mucho en lo que iba a ordenar, no supe cómo decir “dona de Arequipe”, se me trabó la lengua y comencé a balbucear con mi esposa; el que nos atendía nos miraba con cara desafiante y burlesca, por gracia divina se me ocurrió preguntarle

  • Do you speak spanish?
  • Si, claro – los tres nos reímos y como si me hubiera dicho que era de Medellín, le dije:
  • A bueno hermano, entonces deme un café y una dona de Arequipe
  • ¿Arequipe? ¿Qué es eso?
  • Ay juemadre, ¿Usted de dónde es?
  • Del Salvador – de inmediato llamó a su compañero y me dijo que le dijera otra vez lo que buscaba. El tipo tampoco sabía qué era Arequipe. Mi gran sorpresa fue la de enterarme que hay gente que puede vivir su vida normal sin comer Arequipe.

Hacer un viaje de esta manera me parece lo máximo siempre y cuando uno quiera conocer mejor el país que visita.

En un viaje de los que ofrecen las empresas de turismo se deben cumplir horarios de visita e ir a un ritmo que imponen, o sea que si la noche anterior surge una de esas farras improvisadas que siempre resultan en un viaje, uno debe escoger entre emborracharse o madrugar a la visita guiada. Eso me pasó una vez con mi hermano hace muchos años, claro que estábamos tan borrachos que ni siquiera logramos decidir conscientemente qué hacer… si, efectivamente pasó eso.

He decidido viajar así cada vez que pueda hacerlo porque me parece emocionante, enriquecedor y sobre todo porque me permite descubrir aspectos de la personalidad que ni yo mismo conozco. Hay que salir al ruedo cada día teniendo en cuenta que pedir un almuerzo en un restaurante puede ser algo extraordinario porque no entendemos la carta o porque nos hablan en otro idioma distinto al nuestro o porque nada de lo que nos ofrecen lo hemos probado alguna vez. Una caminata puede resultar en una experiencia surrealista, por ejemplo, hace unos años mi esposa y yo nos perdimos en La Habana, era de noche y si mal no recuerdo por cada 5 cuadras había un poste de luz, las calles estaban completamente solas y la arquitectura nos intimidó bastante. Caminamos alrededor de una hora intentando reconocer algún lugar, de un momento a otro nos encontramos con varios residentes, nos confundimos mucho más porque no se percataron de nuestra presencia, nos apresuramos por salir de allí y cuando menos pensamos nos encontramos de frente con el mar y sobre él, el buque más grande que hemos visto en nuestras vidas. En ese momento encontramos nuevamente nuestro camino.

Esas son algunas de las experiencias que he tenido por viajar como turista residente, además de ello me ha permitido conocer nuevos amigos y fortalecer los lazos con aquellos que nunca lo han dejado de ser.

Por último, pienso que viajar de esta manera nos potencia uno de los estados más bellos del ser humano: La ingenuidad. Todo es nuevo y maravilloso, como si fuera el primer día de la creación. Nos saca definitivamente de ese mundo que cada día se nos impone con más fuerza, esto es, el arrogante, donde nada sorprende, donde todo es obvio o normal, porque debemos ser cool y como se dice coloquialmente en Colombia “no pelar el cobre” o “dejar de ser montañero”.

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