Todas las historias de amor son historias de fantasmas

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David Foster Wallace hecho meme (foto vía internet, producción en casa)

Infortunadamente hago parte de una generación en la que aprender inglés era un lujo o un hobby. En el colegio donde estudié la clase de inglés nos la dictaban en español. Al salir de la universidad mientras conseguía un empleo, comencé un diplomado en inglés. La idea era ocupar el tiempo en algo y no dar espacio a la depresión, ya que como recién graduado creía que el mercado laboral me necesitaba. De nuevo el inglés era una elección que no necesariamente tenía que ver con la importancia de estudiarlo.

La literatura comenzó a mostrarme por qué era tan importante aprenderlo, leer a Hemingway o a Bukowski en su idioma original fue algo revelador, cada palabra pesaba más, las imágenes eran más profundas, en otros términos, lograba comprender mejor la estética de cada uno. No obstante, no fui tan lejos como para aprender el idioma porque después de cada lectura terminaba muy cansado, desmotivado, porque a pesar de gustarme el ejercicio tenía que sacrificar muchas horas de lectura de otros libros que seguramente leería mucho más rápido.

¿Por qué esa reticencia frente al segundo idioma? La respuesta era tan sencilla como absurda: “no lo necesito; en mi país todo el mundo habla en español y Estados Unidos no me interesa”.

Por arte de magia comenzó a llegarme literatura norteamericana: Philip Dick, Paul Auster, Kennedy Tool, Hunter Thompson, Cormac McCarthy, entre otros. Sus novelas son maravillosas y me pregunté cómo sería leerlos en su idioma original. No pasé de la pregunta, me dio pereza.

Posteriormente me encontré con algo extraordinario: “Hiroshima” de John Hersey, un libro de no-ficción que cuenta lo sucedido antes, durante y después de la bomba atómica. Su lectura me conmocionó tanto que me sembró el sueño de ir algún día, en el mes de agosto, para participar en el rito que hacen los japoneses y ciudadanos de todo el mundo en el “Parque memorial de la paz”. Creo que es mucho más práctico y fácil aprender inglés que japonés.

Este escrito pareciera una promoción de algún instituto o escuela para aprender inglés, por el contrario, tal vez las razones que me han vendido todas esas escuelas para aprender el segundo idioma, me llevaron a ignorarlas y a renunciar a ellas. ¿Aprender gramática con temas que no me interesan? ¿Pedir comida en un restaurante o preguntar la hora? ¿En qué contribuye eso a mi cotidianidad?

Lo tuve claro cuando llegó a mis manos la literatura de David Foster Wallace. Se me convirtió en un estimulante, disparó aún más mi pasión por los libros y por escribir, hasta el punto de sentir que me rescató. Busqué sus entrevistas e intervenciones en Youtube y para mi desgracia solo una entrevista tiene subtítulos en español; el resto está en inglés. Comprendí que parte del amor que siento por este escritor me exige escucharlo y entenderlo; como si fuera una relación de pareja debía hablar su mismo idioma. La conclusión a la que llegué me pareció tan obvia como deslumbrante: la mejor manera de estudiar inglés es haciéndolo con un objetivo concreto, con un sentimiento muy fuerte en el que el amor y la pasión son los que incentivan todo. Como una relación de pareja.

Hace varias semanas que estoy leyendo la biografía que escribió D.T. Max: Every love story is a ghost story. A life of David Foster Wallace. A medida que voy leyendo sobre su vida, me voy dando cuenta que muchas de sus ideas le dan claridad a las simples intuiciones que yo tengo; me va arrojando luz y motivación como si me estuviera agradeciendo por mi esfuerzo por leerlo y escucharlo. Con él entendí por qué escribir genera temor (al menos a mí) porque no me gusta exponer mis fragilidades ni mis errores y a eso estamos condenados todo el tiempo.

Aparte de darme claridad, me plantea preguntas ¿El éxito de un escritor debe estar ligado a la corrupción de su estética? cuando habla de éxito se refiere, a modo de crítica, que para ser publicado por las grandes editoriales debe escribir para ellas. Obviamente más allá de exponer sus ideas críticas frente a ese mercado, Foster Wallace lo hizo tangible con su obra cumbre Infinite Jest, una novela de más de mil páginas; como si quisiera preguntar “¿Quién de ese mercado lee una novela tan extensa?”

Por otra parte, cuando Wallace vuelve en 1987 a Amherst la ciudad donde comenzó a formar su vida y su obra, se da cuenta que no es el mismo lugar que había dejado. Sus amigos ya no estaban o habían cambiado tanto que lo mejor era alejarse. Esa sensación de extrañeza la viví también cuando después de un tiempo volví a Cartago e intenté buscar un pasado que nunca pude volver a encontrar.

Así las cosas, tengo claro que si no aprendo inglés de esta forma, nunca lo voy a hacer y será mejor que piense en el japonés si quiero ir a Hiroshima.

Para cerrar, D.T. Max me regaló esta frase a la cual vuelvo una y otra vez:

Wallace wrote always and everywhere: stretched out on the floor or wedged into an alcove or late at night.

blog-literario

D.T. Max en casa

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