Hiroshima

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Foto vía internet

En 1946 el escritor John Hersey publicó el libro de no-ficción Hiroshima. Con un estilo muy particular acopló el acontecimiento, que cambió la concepción de la guerra y de la concepción de la vida, con la voz de los Hibakusha a través de los cuales podemos imaginar y entender las implicaciones psicológicas y morales que la explosión sacó a la luz.

El primer detalle que el autor manifiesta y que captó mi atención fue la hora (8:15 am, ¿Qué estaría haciendo yo un lunes a esa hora?) en ese instante parecía que el sol había estallado dejando tras de si la oscuridad y el inicio del Apocalipsis. La señorita Sasaki se desplomó y perdió la conciencia. El señor Tanimoto sintió que todo se quemaba a su alrededor pero una tranquilidad momentánea lo sobrecogió cuando vio que caían gotas de agua, del tamaño de una canica, sobre los techos de las casas; él no sabía que no eran los bomberos sino otra de las reacciones producidas por la bomba. El incendio no estaba siendo apagado, por el contrario se levantó el rumor de que los estadounidenses estaban arrojando gasolina del cielo y que los iban a quemar a todos. A todo esto se sumó un enorme vendaval que comenzó a destruir todo lo que se atravesaba en su camino, arrastrando a la señora Murata.

Cientos de personas quemadas se congrearon alrededor de un río en donde el padre Kleinsorge, de nacionalidad alemana, daba de beber una pequeña ración de agua a cada uno de los Hibakusha, (término que emplearon para reemplazar el concepto de sobreviviente, como muestra de respeto hacia los muertos. Significa: Personas afectadas por la explosión) lo que impactó a este sacerdote además de la gran cantidad de personas heridas, cuyos rostros estaban deformados, derretidos por el calor o con los ojos hinchados, fue que nadie se quejaba y quien moría lo hacía en silencio.

Los Hibakusha trataban de entender lo que estaba sucediendo: los gringos habían rociado todo con gasolina desde un avión o podía ser un trabajo realizado por un paracaidista. Nunca se imaginaron que la bomba atómica les había caído encima.

Por su parte, como Estados Unidos no había calculado las implicaciones del estallido de la bomba, no dudó en lanzar otra en Nagasaki a las 11:00 am del 9 de agosto del mismo año, es decir, tres días después de aniquilar a Hiroshima. Un miércoles.

Tal vez pasaron 10 días para que los japoneses comenzaran a padecer las secuelas. Las heridas en el cuerpo de los Hibakusha se volvían a abrir e inflamar, el cabello se les caía por montones. Todos estos síntomas los llamaron: Radiotoxemia.

Otro de los momentos narrados por Hersey que me causó un gran impacto fue el de “Las doncellas de Hiroshima”, es decir, el grupo de mujeres cuyos rostros quedaron desfigurados por la bomba y que Estados Unidos se propuso ayudar. Me pareció una ironía que el verdugo quisiera expiar su culpa ayudando a sus víctimas y desconsolador que estas a su vez no tuvieran otra salida que aceptarla. El humor gringo a veces es muy pesado.

El libro no escatima en contar los detalles que poco a poco muestran el despropósito de semejante proyecto: es como si quisiéramos matar a una hormiga utilizando una granada. Hersey logra construir una narrativa que toca las emociones del lector y entre líneas nos muestra cómo la literatura puede perfeccionar el discurso que lo contó previamente y del que podríamos decir que es el borrador, a saber, el discurso histórico.

Por último, es inevitable no caer en un lugar común y preguntarnos ¿Qué aprendimos de esa catástrofe?.

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