Mi casa en el árbol

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La marca que me dejó Jorge Gonzáles

En 2005 “Los Prisioneros” se presentaron en la plaza de toros de Manizales. No recuerdo la fecha exacta y no quiero dejar de escribir esto para consultar en internet.

Yo vivía en un edificio a punto de caerse en la avenida Santander, debajo de mi cuarto vivía uno de mis mejores amigos con el que hemos compartido nuestra devoción por esta banda, emblema del rock en español.

En la mañana él y su novia se habían desplazado hasta el aeropuerto de la ciudad para recibirlos con un cartel que decía “Bienvenidos malditos sudacas”, yo no fui porque no se me ocurrió y ellos no me invitaron.

Después del almuerzo fue que me contaron: no vieron a nadie, tal vez el vuelo estaba retrasado o ya habían llegado; lo único que nos importaba a esa hora del día era que en la tarde iríamos al hotel “Las Colinas” donde imaginábamos que estarían alojados los músicos.

Recuerdo que llegamos eufóricos a la recepción preguntando por nuestros ídolos, cuando nos informaron que allí no se encontraban nos disgustamos y comenzamos a increpar al recepcionista aludiendo a nuestra devoción por la banda y sobre lo frustrante que sería si él nos negaba la oportunidad de verlos y hablar con ellos, fueron alrededor de 30 minutos de discusión para que finalmente nos dijera condescendientemente que fuéramos al hotel “Carretero”; salimos corriendo, tomamos un taxi y en minutos llegamos. No nos dejaron entrar por la entrada principal sino por la que queda a un costado, allí había estacionado un bus negro, en la recepción vimos muy poca gente y pensamos que allí tampoco estarían puesto que imaginábamos que todo Manizales estaría haciendo lo mismo que nosotros; no recuerdo cómo fue que pudimos confirmar que allí estaban alojados nuestros ídolos.

Afuera entre humo y alcohol esperábamos que salieran e imaginábamos el repertorio que escucharíamos en la noche. Lo que más recuerdo, con mucha nostalgia, era la fuerza que teníamos, la pasión por la banda era superior a nuestro comportamiento habitualmente condicionado por la sociedad, éramos jóvenes y como tal sentíamos el derecho a hacer lo que nos diera la gana.

En el recinto había unos periodistas que mirábamos por debajo del hombro, sobre todo al que después sería el entrevistador de la banda por su pinta de rebelde bien peinado, recuerdo que mi amigo y yo lo mirábamos esperando que nos dijera algo para decirle “cuántos pares eran tres moscas”, éramos jóvenes, arrogantes y nos creíamos moralmente superiores a todos los que estaban allí en materia de Los Prisioneros. Por fortuna de nosotros el tipo bien peinado nunca nos dijo nada porque si hubiéramos montado bronca seguramente los expulsados habríamos sido nosotros.

El primero en salir fue Sergio “Coti” Badilla, el integrante nuevo que nunca habíamos visto, el que veíamos como el reemplazo de Claudio Narea; lo saludamos, nos tomamos unas fotos con él, no recuerdo qué fue lo que hablamos porque segundos después bajaron Jorge González y Miguel Tapia. Fue un momento extraño porque los pocos que estábamos allí nos tiramos sobre el vocalista; fue un instinto de fan: terminé abrazándolo y lo único que le repetía una y otra vez era: ¡Gracias, gracias, gracias! lo solté o me lo quitaron y como si nos hubiéramos puesto de acuerdo mi amigo, su novia y yo, nos fuímos directo donde el baterista. Iba a hacer lo mismo que hice con Jorge pero Miguel nos detuvo a los tres y nos dijo “un momento”, comenzó a sacarse el saco que llevaba puesto, se lo subió completamente para que viéramos la camiseta del “pibe” Valderrama que traía puesta. Nos emocionamos tanto que lo abrazamos y le dimos la bienvenida, le preguntamos cómo estaba, cómo había sido el vuelo, qué tal la ciudad, de sus respuestas solo recuerdo una.

Después de saludar a nuestros ídolos, el periodista rebelde intentó ser el centro de atención de todos porque las cámaras se encendieron y comenzó la entrevista que intervenimos en dos ocasiones en las que Jorge nos regaló un sencillo en vivo de “Quieren dinero”, un botón promocionando el nuevo disco “Manzana” y la segunda interrupción fue para pedirle un autógrafo.

Volvamos con Miguel. El baterista había salido del hotel, fue caminando a la parte de atrás y comenzó a divisar las montañas, a tomar fotos; nosotros nos acercamos tímidamente para continuar con la conversación; nuestra intención era darle un obsequio de muy buena calidad para que lo encendiera antes del show de la noche; una vez lo tuvo entre sus manos nos miró, sonrió y dijo “a un pitillo, yo no… pero gracias” levantó los hombros y lo guardó en sus bolsillos. Su actitud nos dejó sorprendidos, “Miguel es todo un caballero del rock”.

Describir todo lo que sucedió en ese concierto me parece baladí porque es imposible reconstruir las emociones que tuve, lo único que puedo decir es que no paré de saltar.

Recuerdo esto con mucha nostalgia porque el año pasado me enteré por internet que Jorge González hacía un par de años había tenido un accidente (igual o parecido, no he profundizado en el tema, al de Cerati) vi la entrevista que concedió después y tuve ganas de llorar. No era el mismo que yo había conocido ni mucho menos el que he visto por muchos años en los videos. Me enteré de esto en diciembre, esta semana vi nuevamente un video de González en el que se anuncia su despedida de los escenarios.

Sus limitaciones físicas y vocales son evidentes y para alguien como yo que lo ha seguido por tantos años y ha intentado comprender su arrogancia, su belleza, sus contradicciones, me duele mucho porque él junto a su banda con sus críticas profundas inundaron de esperanza a todo un continente, porque la belleza que surgió en medio de las injusticias, de la dictadura, de la censura, de la desigualdad, es la que me ha empujado a seguir sobreponiéndome a esa miseria, la de hoy 2017.

Debo decir que es muy difícil ver este último recital, no obstante, después de ver varias canciones cambié la tristeza por la esperanza. Primero porque ahí estaban los amigos de Jorge dándole apoyo, en cada canción llevando el ritmo y el tempo acorde con sus capacidades, iluminando todo el escenario con sonrisas, con llamados al público, en una muestra hermosa de amistad, respeto y admiración. Segundo porque cualquier otro artista nunca se hubiera expuesto a que lo vieran así más cuando nos hemos empeñado en construir modelos de belleza que niegan nuestra condición humana, es decir, es motivo de vergüenza mostrar nuestras limitaciones, estar gordos, ser desafinados en el momento de cantar y un largo etcétera; en esta ocasión, el vocalista de Los Prisioneros nos recuerda toda esa condición de ser humanos y además de ello nos ofrece un nuevo grito de rebeldía, esta vez contra su enfermedad.

PD: Para todos aquellos que siempre comparan la importancia de Los Prisioneros vs Soda Stéreo, es lo que se llama un falso problema. Las estéticas son completamente diferentes que relucen una vez vemos el corte de cabello y la ropa que vestían.

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