Velatón

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Foto tomada por mi el día de la Velatón

El pasado 6 de julio volví a una parte de mi niñez. La década de los 80. Nada agradable.

En el Valle, algunos niños crecimos con el temor de que nuestros padres fueran asesinados, como sucedió con tantos otros. Yo crecí con ese miedo, la razón de los asesinatos, en mi cabeza, era porque sencillamente eran papás. Cada noche esperaba escuchar el sonido de la llave introduciéndose en la puerta de la calle con el saludo de mi papá.

No fue solo el recuerdo, también fue la sensación; tuve mucho miedo cuando estuve en la plaza de Bolívar en Bogotá manifestando mi repudio frente al asesinato sistemático de los líderes sociales de mi país. Al recuerdo se sumaron muchos otros que agudizaron la sensación: recordé la toma del palacio de justicia y la masacre de Tlatelolco en México, por un momento quise salir corriendo porque “presentí” que los militares entrarían y acabarían con todos nosotros.

Llegué a las 6pm y logré dar la vuelta por todo el lugar. Manifestaciones artísticas, música, rituales, arengas, y muchas personas. El momento en el que me sentí sin fuerzas fue cuando vi en medio de la plaza las figuras de algunos líderes asesinados, cuando la tragedia tuvo rostro sentí en lo que estaba metido. De inmediato pensé “esta señora se parece a mi abuela, pudo ser mi abuela, se ve tan frágil y fuerte como se veía ella”. A esto se sumó el olor a sahumerio.

Después de las 6:30 pm la gente comenzó a llegar masivamente, decidí caminar por todo el lugar, no quedarme quieto, en ningún lugar, quería sentir y escuchar lo que estaba en la atmósfera; mi corazón tenía memoria y volvía a latir de igual manera a cuando era niño y deseaba con todas mis fuerzas y le pedía a Dios que a mi papá no lo mataran.

Entrada la noche las arengas fueron más constantes, más fuertes, con más rabia:

“Que lo vengan a ver, que lo vengan a ver eso no es un gobierno son unos sicarios en el poder. Que lo vengan a ver, que lo vengan a ver eso no es un gobierno son unos sicarios en el poder”

En los intervalos se escuchaba a Mercedes Sosa: “Solo le pido a Dios, que la guerra no me sea indiferente”

“Si señor, como no, el gobierno los mató. Si señor, como no, el gobierno los mató.”

Ahora se escuchaba la voz de Jose Luis Perales: “Yo canto para que me dejen vivir”

“Vamos pueblo carajo, el pueblo no se rinde carajo. Vamos pueblo carajo, el pueblo no se rinde carajo.”

A las 7 de la noche ya no se podía caminar libremente, la plaza estaba completamente llena, mucho más caldeada porque ahora la arenga que más se escuchaba, la que más se repetía era:

“Uribe paraco el pueblo está berraco. Uribe paraco el pueblo está berraco. Uribe paraco el pueblo está berraco. Uribe paraco el pueblo está berraco”

Me siento incompetente para hablar de política, en ese sentido, no alcanzo a dimensionar lo que está sucediendo en este momento en mi país más allá de lo evidente: están matando gente que lucha legalmente por hacer cumplir sus derechos. Tras la firma de los acuerdos de paz, los desplazados o las víctimas del conflicto armado quieren regresar a sus tierras.

Expuesto lo anterior, ingenuamente creí que uno de los dos resultados de la firma de los acuerdos de paz era, primero, que se iniciara un cambio en la mentalidad de los colombianos (no creo que por arte de magia sino por arte de la educación) en la que se acogiera como imperativo categórico el respeto por la vida, es decir, gran parte de lo que subyace de la matanza durante tantos años es la depreciación de la vida a un nivel cínico y desvergonzado ¿Cómo explicar que al medio día vemos noticias de todos los muertos del día anterior mientras almorzamos? ¿Cómo entender que ante la noticia de un asesinato se interrumpa porque la Selección Colombia va a dar una rueda de prensa? ¿Qué significado tiene la velatón para un tipo que se hace selfies con las figuras de los líderes asesinados? esos son acciones que parecen pequeñas pero son simbólicas e ilustran la manera en la que estamos viendo nuestra realidad.

Después de esa noche he tenido muchas preguntas, pero una que es reiterativa ¿Por qué es más fácil destruir que construir? nos hemos demorado más de un siglo para por lo menos intentar encaminarnos en un destino diferente y en pocos meses parece que volvimos a lo que mejor sabemos hacer: vivir con miedo, presos de los traumas de la guerra, con odio (cuando le pregunté a una persona por quién votaría me respondió: entre el sida y el cáncer prefiero el cáncer, aludía a Duque y el primero era Petro) ¿Por qué referirse así a una persona? el segundo resultado era que a partir del ejemplo dado en la Habana, lográramos hablar de política sin necesidad de agredirnos, sin necesidad de sentirnos superiores porque “nuestro candidato es el mejor”; me ilusioné con otra cultura política, pero la realidad o los mismos colombianos volvimos a reclamar lo que ya sabemos hacer: odiarnos.

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Esta también la tomé yo, luego de caminar un rato por el lugar.

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