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Foto tomada por mi (Daniel Zapata)

En la vida cotidiana nada nos sorprende porque precisamente todo es tan cotidiano que perdió nuestro interés: asesinatos, escándalo de corrupción, pedofilia y otras nimiedades que contemplamos con la cuchara en una mano y el celular en la otra.

Por el contrario, lo que nos saca de la rutina es lo inesperado y eso me pasó hoy mientras miraba por la ventana de mi estudio tratando de darle forma a una historia que estoy escribiendo.

De un momento a otro comenzó a caer nieve, tocaba el vidrio de la ventana, pero desde que tengo uso de razón en Bogotá llueve mucho y lo más cercano a lo que hemos estado son las granizadas que rompen los techos, inundan los parques, hace que sus habitantes más ilustres brinden con vino caliente la cercanía de nuestra ciudad con París y sirven de excusa a los estudiantes para no llegar a clases.

La nieve caía y a veces flotaba, se balanceaba y por un momento sentí que me hipnotizaba. Quise que semejante espectáculo me sirviera de inspiración pero parecía uno de esos tipos que va al gimnasio e intenta levantar mucho más de lo que su cuerpo puede solo para aparentarle a los otros, me vi fanfarroneando a un escritor del trópico “mira, mira, también escribo con nieve”.

¿Se balanceaba? eso me sacó del letargo y de inmediato pensé en el cambio climático. Aunque la única nieve que he visto en mi vida ha sido en “Home Alone” estoy convencido que la nieve no va oscilando como si quisiera amortiguar la caída. Pensé en el cambio climático y me di cuenta que en verdad estábamos jodidos. El fin del mundo había llegado. Adiós inspiración.

Abrí la ventana, aunque mi escritorio no me permite estar cerca para sacar las manos, quise respirar el aire. Lo primero que sentí fue un malestar en la nariz y estornudé porque lo primero que aspire fue una bocanada de polvo. Tenía razón, la nieve no se balanceaba, lo que estaba cayendo del cielo eran plumas y polvo. Mi vecino sacudía algo, tal vez el trapero o una alfombra y todo iba cayendo afuera de su casa pero dentro del edificio y por las ventanas, que como la de mi estudio, estaban abiertas.

Mientras me limpiaba la nariz pensé que eso era una metáfora de las campañas presidenciales y cuando nos damos cuenta que la nieve no se balancea, tenemos un presidente que nos hace sonar la nariz.  

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