En uno de los artículos de Jorge Ibargüengoitia titulado “Platiquen algo interesante” el escritor reflexiona sobre algunos tipos de conversaciones que tienen las mujeres, las personas mayores de sesenta, entre otros. En una de estas el autor mexicano encuentra lo siguiente: “Las conversaciones rituales de la generación siguiente, es decir, la de entre los cuarenta y los sesenta, tienen visos científicos, y tintes hipocondriacos. Algunos de los temas son: la vida, multiplicación y transmisión de las amibas y sus efectos en los intestinos; la sintomatología es siempre motivo de amena charla; causas y curación de la acidez; la conveniencia de hacer ejercicio todos los días, con un colofón que explica por qué no se hace ejercicio nunca”. (Ibargüengoitia, 1992, 92) Me quedé pensando en los tipos de conversación y pienso que en Colombia es posible también hacerlo, discriminar por edades o géneros, los temas más habituales que básicamente son los mismos: sexo, matrimonio, muerte, dinero, hijos, pasado, colegio, fútbol y creo que ya. Las frases casi siempre son las mismas “Al fin qué pasó con…” “Estos son mis hijos, mira como están de lindos…” “Te acuerdas que en el colegio se la pasaba tirándose pedos y…” “El man está forrado en billete…” “Está rebuena…” esa es nuestra profundidad en el momento de hablar.

Lo que Ibargüengoitia me hizo ver es que hay algo que puede unificar todas nuestras conversaciones y es la imprudencia.

Hace un tiempo me encontré con una amiga que tiene un hijo, mientras hablábamos de uno de los temas ya citados llegaron otras dos amigas que no veía hacía mucho tiempo y el tema que iniciaron me pareció un combo de comida rápida: matrimonio+hijos. Pero al parecer lo pidieron agrandado con lo segundo: le preguntaron a ella si tenía hijos (a lo que respondió afirmativamente) y luego a mi (a lo que respondí negativamente) Casi no termino de responder y las dos mujeres comenzaron: eso es un encarte, qué pereza estar encerrada trabajando para gastarse la plata en otra persona, uno puede salir cuando puede  no cuando quiere, todas las mujeres dicen que es una bendición pero a fin de mes les cae la bendición con toda, o también muchas me han dicho que es la mejor experiencia de la vida pero que si ellas pudieran volver a escoger no los tendrían. Al finalizar miraron a mi amiga y le dijeron: pero la gente que decide tener hijos, es muy respetable su decisión.  Como el combo no incluía bebidas le ofrecí a mi amiga una cerveza.

El segundo recuerdo que tengo es con un taxista. Me llevaba desde el terminal de buses hacia el aeropuerto. Me preguntó si viajaba hacia Bogotá, le dije que si. Con todo lo que dijo después sentí que comenzó a darme como a rata encostalada: qué miedo, ¿si vio que el aeropuerto estuvo cerrado todo el día? como le parece que un avión no supo aterrizar o despegar yo no sé, ¿Por qué aerolínea va?, le dije que VivaAir; si esa fue y justo el trayecto que usted va a hacer. Eso fue un problema porque hay un montón de vuelos retrasados y a la gente le va tocar amanecer ahí…  mejor dicho… vea es que yo vi a la gente muy asustada. Yo creo que al piloto le dio un micro sueño…

El tercero es menos común. Un hombre le cuenta al otro que su mamá tiene cáncer y automáticamente comienza: eso es muy jodido, vea al vecino de perucho lo que le pasó, eso la dejó tendida en la cama no se cuántos meses, vea uno veía a esa señora ahí tirada sin comer, mejor dicho muerta se veía más viva o a doña Clemencia, eso le dio un cáncer en el estómago creo y se la llevó en un dos por tres; es que cáncer es cáncer y cómo si lo hubiera poseído un espíritu le pregunta a su amigo ¿y su mamá tiene cáncer en dónde? y con una mirada de sorriquisawi le dice: en la lengua, a lo que el otro le dice: a eso no es tan grave, además mi Dios es muy grande.  

Es muy importante no confundir la frase Les pido a los congresistas que nos han apoyado, que mientras no estén en la cárcel, voten los proyectos del Gobierno, porque eso no es imprudencia, es otro tema.

Bibliografía

Ibargüengoitia Jorge. Instrucciones para vivir en México. Editorial Joaquin Mortiz. México, 1992.

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