Tengo ganas de orinar y voy a la cárcel

Captura de pantalla 2019-08-30 a las 9.35.30 a.m.

La noche anterior no pude dormir porque al día siguiente iba a la cárcel. El solo hecho de verme en el pabellón de delitos sexuales me hacía sentir pánico. 

Días atrás había imaginado muchas situaciones en las que estaba en peligro, pero la noche anterior todas esas imágenes salieron a flote: en una escena, de las que imaginé, me acorralaban y me asesinaban a cuchillazos; en otra, estaba rodeado de los prisioneros, luchaba contra uno de ellos y al descuidarme por un momento me partían la cabeza con un bate; en otra, imaginé que me sostenían de las extremidades mientras alguien me violaba. Me sugestioné tanto que en la mañana mi cara parecía la de un condenado a muerte. 

A las 8am, me subí en el taxi y el conductor me preguntó:

–      ¿A dónde vamos? – me pareció extraño que lo preguntara, puesto que la aplicación por donde había solicitado el servicio es obligatorio escribir lugar de origen y destino.

–      A la cárcel… me voy a entregar.

Su expresión pareció como si fuéramos a toda velocidad y de repente nos hubiéramos quedado sin frenos; el taxista no pudo disimular la sensación de arrepentimiento por haber tomado ese servicio. Yo mismo arruiné mi broma y solté una carcajada que, tampoco previne, hizo que el conductor se pusiera una de sus manos en el corazón como si le estuviera dando un infarto. Tuve que decirle que estaba bromeando, que yo iba a la cárcel porque tenía que dictar una charla; ¡lo siento, estoy muy nervioso… no dormí anoche! Una vez dije esto, el conductor se fue calmando, se esforzaba en respirar con naturalidad tratando de no parecer sofocado, mientras conducía lentamente por el barrio La Macarena, en Bogotá; estoy seguro que volvió del infierno a la tierra y como habitualmente sucede en Colombia luego de pasar un susto o una tragedia, comenzamos a reír desmesuradamente. Tosíamos, reíamos, nos ahogábamos y repetíamos todo lo dicho como un gran chiste. En el fondo ambos continuábamos nerviosos.  

La charla que daría ese jueves 18 de julio de 2019 se enmarcaba en un ciclo de conferencias denominado: Nuevas masculinidades: ser o no ser macho. Yo iba a exponer una parte de mi investigación sobre la manera en la que el periódico colombiano “El Espacio” representó desde 1965 hasta 1975 a la mujer y al hombre; específicamente cómo desde la publicidad, la oferta de empleo, la oferta de educación hasta el glamour y el humor, determinó los roles que ambos debían asumir o se esperaba que asumieran. 

Mi temor era que iba a hablar en el pabellón de delitos sexuales, en donde las personas están sindicadas de violación, maltrato, violencia intrafamiliar, acoso, entre otros; en el lugar en el que no era difícil entender qué es misoginia o machismo; lo que significaba que mi charla que era en contra del machismo, en contra de la misoginia, en contra de la violencia de género, era perfecta para que me ejecutaran de alguna de las maneras que había imaginado la noche anterior.

Más por prejuicio y por ignorancia que por certeza pensé todo lo que me quitó el sueño. Lo diré una vez y sencillo: la charla salió perfecta; los asistentes participaron, demostraron interés y no tuve ningún inconveniente con nadie. Mi choque real fue el impacto psicológico que me causó el hecho de estar en una cárcel; de conocer superficialmente en vivo y en directo la manera en que funciona este recinto; caminar por largos pasillos estrechos donde sólo existen dos colores. 

Al comienzo pensé que era una condición más del hecho de estar encerrado y no me pareció relevante hasta que la persona que me llevaba al salón donde sería el evento, que trabaja allí, me contó que las personas privadas de la libertad solicitan en los clubes de lectura y en la biblioteca libros infantiles para no olvidar los demás colores, como forma de resistencia y de lucha frente a un sistema que no le interesa reincorporarlos a la sociedad revisando oportuna y asertivamente sus casos sino que pareciera estar más preocupado por cerrarles el mundo por pedazos; así que ellos a través de los dibujos que traen los libros intentan combatir una dieta obligatoria. Esto nunca lo hubiera imaginado.

Por instinto (tal vez sea el eufemismo de egoísmo) pensé en todos mis sentidos, ¿Cómo me sentiría si en mi vida diaria pudiera tocar solo una textura sabiendo, por experiencia propia, que existen más? ¿Qué pasaría si solo pudiera escuchar un mismo sonido diariamente? ¿Cómo sería recordar muchos olores pero tener el mismo todos los días? Para el sentido del gusto, dentro del contexto del que hablo, creo que es más fácil imaginarlo puesto que muchas series, películas y documentales, han puesto en evidencia la relación entre la comida y la cárcel. Por ejemplo, en Orange Is The New Black muchas escenas se desarrollan en los comedores y los personajes no dudan en resaltar la mala calidad de la comida; aun así ¿Qué tal que conociendo el sabor de los diferentes alimentos, dentro de la cárcel, todos tuvieran un único sabor? Solo imaginar una bandeja paisa en la que todo tenga el sabor de la auyama me hace pensar que el infierno sí existe. Una cucharada de frijoles y sabe a auyama, un pedazo de chicharrón y sabe a auyama, la mezcla entre arroz y carne molida y sabe a auyama. La mañana siguiente el titular del Espacio sería: La auyama diabólica: centenares de violadores se suicidan en la cárcel  manipulados por la cucurbitácea.  

La restricción de los sentidos es algo que nunca pensé como una de las consecuencias de estar privado de la libertad; lo percibo como un castigo muy sutil- a los ojos de los que estamos por fuera- impuesto en el cuerpo ya que las personas que están en la cárcel tienen un pasado con unas características y sensaciones particulares pero en el presente experimentan un mundo muy diferente, en el que hay situaciones que reconocen y otras que no, que hace que ambos tiempos choquen constantemente por una sensación de irrealidad. 

En el fondo hay un sentido poético: los libros, en este caso los de literatura infantil, son la posibilidad de no olvidar los colores del universo. 

Nota: El problema estaría en cómo podríamos recordar un olor, una textura, un sabor, y ahí comienza la idea para un cuento o una novela.

Una respuesta a “Tengo ganas de orinar y voy a la cárcel

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