Los días de la Corona II

Después de un mes de encierro tuve que salir de casa. Advierto: no salí por gusto, ni por creer que una pandemia significa estar de vacaciones.

Eran las 11 de la mañana y el sol era el que yo recordaba, el que había sentido siempre. Me hacía mucha falta porque en invierno el sol apenas se asomó, se volvió un espectador y dejó de calentar. Salí a la avenida y sentí el aire como un abrazo húmedo, refrescante. Los automóviles, aunque eran pocos, pasaban a mi lado y no podía evitar preguntarme ¿Por qué habrán salido de sus casas?

Por el camino, me fui encontrando con algunas personas. Apenas las vi me cambié de acera o ellas lo hicieron primero; con algunas crucé la mirada y sonreímos, con otras sólo intercambié una mirada de reojo. En cualquier caso, no pude evitar sentir miedo al verlas porque en estos momentos todos somos potencialmente una amenaza a la salud de los otros. 

Todo era aparentemente normal; sentía el aire puro, reconfortante, se mezclaba con silencios prolongados que por momentos pude disfrutar, pero en otros me recordaban que esa caminata significaba que podía contraer el virus, que mi vida o la de los demás podría estar en riesgo y que había salido contra mi propia voluntad. Estaba viviendo en el tiempo del virus

La avenida por la que caminaba era amplia; a lado y lado había árboles. Me pareció muy extraño que las calles y las aceras estuvieran limpias, y la zona que ocupaban los árboles llena de basura: latas de cerveza, bolsas plásticas, vasos de cartón, papeles, todo tipo de porquerías que me hicieron sentir que estaba dando un paseo por un mundo pos apocalíptico y me sentí muy mal pensando ¿Esto fue lo que dejamos? Ahora estamos muertos y lo único que hicimos fue dejar la casa cagada. En medio de toda esa basura, los pájaros y las ardillas continuaban cantando, continuaban saltando. En el camino leí las vallas de publicidad ubicadas en las estaciones del autobús y por decir lo menos, me parecieron ridículas porque hacían parte de ese mundo que había quedado atrás, antes del virus; su mensaje era invitando a comprar un reloj, a salir de viaje o para hacerse un diseño de sonrisa.

Los autobuses pasaban a mi lado; nunca se detenían porque nadie los estaba utilizando, a veces la imagen se distorsionaba porque mi mente los convertía en largos camiones funerarios transportando ataudes blancos y para optimizar el espacio los acomodaron como si estuvieran sentados; luego la imagen se me convertía en un recuerdo de mi niñez: una pista de juguete en la que todo seguía moviéndose, sin importar lo que estuviera sucediendo.  

Puse en duda lo que había pensado antes ¿El mundo que había quedado atrás? lo pensé en forma de pregunta porque me pareció que era como si las cosas siguieran igual o dicho de otra manera, represado en primera fila esperando que la pandemia pase para recomenzar.  

La razón por la que lo formulé en forma de pregunta fue porque estaba de camino hacia el banco, como lo dije antes contra mi voluntad, y se debía a que la noche anterior a mi esposa y a mí nos habían hackeado la cuenta y teníamos que ir personalmente a reportar el fraude.

Los días de la Corona I

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